A veces hay que rendirse

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Una frase que me encanta, creo que de Napoleón, dice así: “a veces hay que retroceder dos pasos para avanzar uno”. No abundaré en ello, pero está relacionado con el tema que nos ocupa: a veces hay que rendirse en algunas cosas para permitir que progresen otras.

Un ejemplo en mi vida es el rock, que me obsesionó durante bastantes años. Quería formar parte de una banda y así lo hice. No me sirvió más que para descuidar los estudios y perder tiempo y dinero. Y lo más importante, malgasté una energía preciosa que podía haber dedicado a algo que de verdad me llenaba y se me daba bien: escribir.

He tenido muchos otros intereses y pequeños sueños que han ido fracasando: el dibujo, el diseño, la fotografía… Creo que nos ha quedado muy marcado el arquetipo de “hombre del Renacimiento”, y los que albergamos inquietudes creativas normalmente no tenemos una sino siete. Y ocurre que las fuerzas y, sobre todo, el tiempo, son limitados.

Esto no solo se aplica a la creatividad, a los sueños locos, sino a las cosas más cotidianas. Las pequeñas o grandes luchas diarias, muchas de las cuales no se pueden ganar.

Conocí a una persona que suspendió tantas veces el examen de conducir que, a partir de cierto momento, dejó de contarle a sus amigos cuándo iba a volver a presentarse. Aún no tiene su licencia, y no creo que la tenga nunca.

¿Cuánto dinero habrá gastado? ¿Cuánta frustración habrá sufrido, cuánto habrá llorado, atrapada en esa situación? Y sobre todo, ¿cuánta angustia se habría ahorrado de haberse retirado en un momento temprano del proceso?

Continuamos por inercia con cosas que nos pueden, e ignoramos que no solo el dinero es limitado sino también el ánimo y la energía.

Una sucesión de derrotas que no llevan a ningún lado pueden dejar en nuestra mente heridas difíciles de reparar. Quizá sea tarde cuando queramos reaccionar y cambiar de dirección.

Pienso en personas que han peleado hasta la saciedad con una carrera que odian solo porque creían que habían invertido demasiado para abandonar, que no podían renunciar ahora.

Personas que odian estudiar pero que dedican grandes cantidades de dinero y energía a ello solo porque creen que deben hacerlo. Gente que lucha durante años por sacar adelante relaciones fracasadas o que incluso convive de por vida con una pareja a la que no soporta.

La inercia es una fuerza poderosa, así como la presión de nuestro entorno. Continúa con esa carrera tan superdifícil que no te gusta, aunque esté acabando contigo. ¿Cómo vas a aceptar que es demasiado para ti? ¡Qué patético sería! Conozco a autenticos zotes que se lo han sacado, ¿no vas a ser tú capaz?

Dedica tu vida a ese trabajo de mierda que odias, porque es estable o la empresa es prestigiosa, aunque te esté matando, aunque te consuma la vida. Sigue hasta que estés tan hecho polvo que sueñes con que te atropelle un camión por las mañanas, simplemente porque no puedes decir “hasta aquí he llegado”.

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En el siglo I, las legiones de Augusto, al mando del general Varo, fueron aniquiladas por el líder bárbaro Armin en Germania. Después de ello, Roma vengó su honor con una expedición comandada por Germánico. Pero las fuerzas del Imperio, exhaustas, abandonaron para siempre las tierras al norte del Elba.

Fue un golpe duro para el orgullo nacional, pero Roma continuó expandiéndose en áreas como los Balcanes y Oriente Próximo, y siglos más tarde alcanzaría su apogeo con el gran Trajano.

¿Qué habría ocurrido si los romanos no se hubieran rendido en Germania? ¿Y si hubiesen intentado una y otra vez conquistar aquellas frías tierras, sufriendo una derrota tras otra, perdiendo ejércitos enteros?

Quizá no habrían tenido hombres, ni fondos, ni fuerzas para conquistar medio mundo como finalmente hicieron, aunque para ello tuvieran que renunciar a sus dominios y a su orgullo en Germania.

Hay que aceptar cuándo no podemos más. Que hay algo superior a nosotros que nos derribará y nos ahogará hasta matarnos. A veces tenemos que retirarnos para buscar otro camino, el bueno, el que nos lleve a donde debemos llegar.

¿Y si renuncias a tus sueños?

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Desde que me tomo medio en serio esto de escribir suelo encontrarme con gente que está haciendo lo mismo, y comparte en la red sus pensamientos e ilusiones.

Algo que he visto es que las personas invierten en su escrutura: se inscriben en cursos y seminarios o encargan informes de lectura de sus manuscritos. Gastan su dinero en conseguir la ayuda de un profesional.

Esto imagino que ha existido siempre – sobre todo los talleres – pero internet o lo ha potenciado o lo ha hecho más visible. Y claro, genera muchas críticas.

No voy a entrar a debatir los informes de lectura y si son o no necesarios, eso bien puede darnos para otra entrada. Lo que veo problemático es que esto ayuda a la gente a creer que va a alcanzar sus sueños. Y no sé si eso es bueno.

Tengo la impresión de que, cuando alguien encarga un informe de lectura y recompone su libro, se debe quedar con la sensación de que está muy cerca de ser publicado – y leído -. A mí me pasaría. Y no cabe duda de que has avanzado un paso, pero eso es una cosa y otra es lograrlo.

Por cada persona a la que un profesional puede sacar adelante hay cien que se quedan ahí, por mucho que se esfuercen y mucha formación en la que inviertan.

No paro de encontrar páginas sobre cómo ser escritor, ilustrador, youtuber o lo que sea. Y no es solo que haya plazas limitadas en el tren del éxito, es que muchísima gente no puede lograrlo porque no tiene las capacidades. Veo a alguien compartiendo sus ilusiones en la red y recibiendo comentarios de ánimo, quizá alguno mío, y me da una pena terrible.

En muchos casos tengo la certeza de que esa persona se va a quedar ahí. De que algún día se acordará de su blog y se sentirá mal porque lo abandonó, porque fracasó y jamás cumplió sus sueños.

Diréis que vaya un idiota que dice eso en su propio blog, como si yo fuera diferente. Como si yo fuera alguien. Y no, no lo soy. De hecho un día me dije que viviría mis sueños de una forma o de otra.

Pero ahora, tiempo después – y ese espíritu intento que alumbre este blog – trato de luchar cada día contra esa idea. Como todos, he imaginado muchas veces las portadas de mis libros o cómo sería firmarlos. Como cualquier escritor aficionado. O cualquiera que tenga un gran sueño. Cualquier chaval que empiece en el fútbol semiprofesional piensa que algún día jugará en el Madrid.

Pero puedes poner una barrera a esos pensamientos. Tu corazón albergará los sueños, mientras que el cerebro debe aplastarlos. El alma es el fuego y la mente el agua que lo apaga.

Opino así porque los sueños que no se cumplen generan frustración innecesaria y por tanto, dolor. Los sueños, las ilusiones, son según Schopenhauer la fuente de todo sufrimiento humano: “vivir es querer y, como querer es sufrir, toda vida es por esencia dolor”. Una tesis que comparten los budistas, quienes aspiran a renunciar a los deseos para conseguir la paz.

Un equipo de tercera regional está lleno de viejas promesas que un día se imaginaron jugando en el Barça, y de aquello les queda solo un puñado de ilusiones rotas.

¿Y si renunciar a los sueños fuera algo bueno, en contra de lo que enseñan las películas? Renunciar a tiempo, cuando puedes controlar la frustración. Porque desistir, la mayoría de la gente desiste, solo que porque no tiene más remedio. Al pasar los años hay que asumir el fracaso. Pero si te retiras antes, el batacazo será menor.

Además, puedes centrarte en objetivos más pragmáticos. Algunos afirman que vivir sin metas te ayuda a enfocarte más en lo que estás viviendo.

Sé que parece contradictorio lo que digo, ya que yo tengo un blog – que de algún modo responde al sueño de escribir -. Pero mi blog es el objetivo ahora. De hecho el blog cobró más fuerza cuando aparté la idea de sacar un libro adelante.

Conseguir que este blog salga a flote y tenga una base razonable de seguidores es lo más parecido a un “sueño” que tengo, porque lo veo posible. Desde luego, mucho más que ser escritor famoso – o escritor, a secas -.

No significa que lo haya logrado, ¿estáis locos? Recordad que consejos vendo y para mí no tengo. A menudo me sorprendo imaginando cómo será cuando saque tal libro, cómo a la gente le gustará y me enviarán sus comentarios. Me veo a mí mismo firmándolo y conociendo a los lectores. Luego aparto esas ensoñaciones.

Esto no es un “deberías hacerlo”, es un “¿y si fuera buena idea?”. Quizá seríamos menos infelices si no tuviéramos que enfrentarnos a la desilusión de los sueños fracasados, mientras los cambiamos por otros realizables. Cosas como ser maestro o médico, cosas que factibles, por unos años al menos. En cualquier caso más accesibles que ser bestseller, estrella de rock, futbolista de élite o ganador del Oscar.

Ya no me acuerdo de escribir

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No sé las entradas que llevo ya a medias. La que no necesita aún un buen trecho para estar terminada tengo que revisarla y corregirla o no estoy seguro del enfoque. Lo más difícil para mí es empezar, pero acabar no es cosa de poco; y es que no me gusta nada de lo que escribo.

Lo chungo es que solía gustarme. Recuerdo ser un chaval y tirarme horas por la tarde escribiendo historias larguísimas. Quizá no muy buenas – de hecho seguramente malas – pero que ahí estaban; si bien nunca concluí mi primera novela – ya se veía por dónde iban los tiros – sí produje una buena colección de relatos breves, mejores o peores, pero terminados.

Luego ocurrió algo sorprendente, y es que empecé a escribir bien. O al menos leo cosas mías de hace cinco años y me gustan bastante más que lo que hago ahora. Llevo tiempo dándole vueltas a esto y probablemente seguiré haciéndolo en el futuro – soy incapaz de responderme a nada, nunca – pero algo vislumbro sobre las razones de que sea así.

Cuando era un chaval llegaba a casa y escribía. Lo hacía sin parar. Toda la tarde o la noche, por las mañanas, cuando podía. Y cuando no escribía, leía. Una y otra vez. Empezaba muchas cosas que se quedaban ahí, tiradas en el Office 2000, pero muchos cuentos los terminaba. Un día, sin embargo, dejé de hacerlo.

Todavía me pregunto por qué.

Tas un largo parón en la escritura, hace diez años – diez, sí – abrí mi primer blog. La cosa cambió: de repente había gente que me leía. Me dejaban comentarios con su opinión, a veces buena y otras mala. Era algo real. Esto me animó a escribir más y mi producción se disparó.

Cuando reviso las viejas entradas de mis blogs muertos me doy cuenta de que juntan decenas de miles de palabras. Podría publicar un libro con ellas, si no fuera porque la mitad o más es basura. Pero no me importa. Es basura terminada. Eso es lo verdaderamente valioso.

Siempre me he preguntado qué pasó para apartarme de la escritura en mi adolescencia. Debió ser una amalgama de cosas, y sin duda la vida influyó – esa etapa en que salir y conocer gente te parece lo único importante – pero uno de los ingredientes debió ser el aburrimiento.

Recuerdo que las palabras salían a chorros, como si nada. Como algo facilísimo. Probablemente lo era, y eso – unido a otros factores que disfrutaría un psiquiatra – me hizo parar. Cuando algo creativo te resulta fácil ya no es creativo en sí mismo, es mecánico y no puede emocionarte.

Es como pelar patatas, no tiene más. Y la creación, el arte, no es eso. Pero tampoco es chispa, ni magia, ni duende.

Ahora creo que la escritura funciona como los músculos, que solo crecen después de romperse. Y se rompen haciendo más ejercicios y cada vez más duros.

Leí hace poco un cómic de Matthew Inmam en el que habla de las cosas que le fascinan, como correr, leer y dibujar. Sobre su obra dice lo siguiente:

Trabajo. Trabajo doce horas al día. Trabajo hasta que no puedo pensar bien y olvido alimentarme y la luz de fuera se torna un resplandor cansado. (…) Cuando hago estas cosas no estoy sonriendo o irradiando alegría. No soy feliz.

En realidad, cuando hago estas cosas a menudo estoy sufriendo. Pero las hago porque encuentro significado en ellas.

Es una buena definición de lo que debería ser la creación artística, tal y como ahora lo veo. Es así como recuerdo mi segunda gran etapa de escritura, la de mis primeros blogs. No recuerdo que fuera especialmente fácil, ni fluido.

Recuerdo partirme la cabeza porque no sabía cómo enfocar un tema. Pasar horas buscando documentación e intentando que la entrada quedase consistente. Revisando, corrigiendo, cambiando una y otra vez la estructura hasta expresar lo que quería. No como un artista excéntrico que persigue su inspiración, sino como un carpintero que contruye una mesa bien sólida.

Esta tónica de esfuerzo la apliqué no solo al blog sino también a mis relatos.

Dediqué tantas horas a aquellos textos que descuidé cosas importantes, incluidos mis estudios. Pero aquello para mí tenía un significado. El verdadero error fue abandonar. ¿Dónde estaría de haber seguido con la misma constancia de los primeros tiempos?

Cuando reviso lo que he escrito a lo largo de los años noto cómo la calidad sube y baja, respondiendo a mis parones. A menudo todo es basura y, según avanzan las fechas, va ganando calidad. De pronto se detiene y hay una laguna hasta que el siguiente texto, meses o años después, es otra vez un asco.

Ése es el punto en el que me hallo ahora. Estoy oxidado, lo noto. Cada frase que pongo en este blog me cuesta una barbaridad, como si me peleara con una planta llena de espinas. Así se siente mi cerebro.

Pero he decidido que es lo que quiero hacer porque, como dice Inman, para mí tiene un significado. Para mí es importante. No significa que sea fácil, ni siquiera me hace feliz. Eso es lo de menos. En efecto, a menudo escribir me deja más aturdido que otra cosa. Pero me fascina, me emociona.

Conseguir la paz mental

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Siempre me ha fascinado la escena de La Amenaza Fantasma en que los Jedi están luchando contra Darth Maul cuando unos campos de fuerza se activan y los separan, interrumpiendo el combate. Qui-Gon Jinn se sienta en el suelo, cierra los ojos y se pone a meditar como si tal cosa. La calma del maestro contrasta con la ansiedad de Obi Wan y la insana impaciencia de Darth Maul.

De niño, este momento me impacto mucho. En lo más tenso del combate la acción se para, y Qui-Gon Jinn se sienta en el suelo y se encierra en su mundo con toda tranquilidad. Aún hoy me parece un giro muy valiente; cortar en seco una pelea puede sacar al espectador. Yo por mi parte quedé atrapado por la imagen de Qui-Gon Jinn respirando con calma mientras el Sith camina nervioso de un lado a otro.

Cuando el campo de fuerza se abre, Darth Maul se lanza como un poseso, pero esto no pilla al maestro desprevenido. El Jedi está aguardando y reacciona al instante. Qui-Gon Jinn estaba meditando, no en Babia.

Llevo tiempo queriendo aplicar esto a mi vida. Me ocurre que para algunas cosas necesito tener todo más o menos controlado, que vaya bien o haya una estabilidad. Cuando por razones de trabajo o personales algo está torcido, me descentro en muchos aspectos. Escribir, sin ir más lejos.

Puedo pasar largas temporadas sin hacerlo no porque no tenga tiempo – que a veces no tengo – sino porque mi mente está en otra parte, descolocada. El año pasado tuve un trabajo de bastante estrés, y no es que saliera a las tantas sino que terminaba con la cabeza hecha mierda.

Solo era capaz de llevar a cabo actividades pasivas, como ver la tele, o que no reclamaran pensar demasiado. Podía pasear o hacer deporte pero leer o escribir se me hacía imposible. Mi mente estaba aturdida, como un barco medio reventado en mitad de una marejada.

No fue la primera ni la última temporada así que pasé. Ahora mismo, por ejemplo, escribir en este blog es a veces una tarea complicada. Las cosasa menudo no van bien, tienes tus preocupaciones y lo último que te apetece es un esfuerzo intelectual. Por eso me fascina esa paz mental de Quin-Gon Jinn y me pregunto si podemos alcanzarla en el mundo real.

El ruido que hay en nuestra cabeza, los problemas y tribulaciones, son una de las muchas cosas que pueden empujarnos a la procrastinación. Cuando no te va bien, pospones. Y mientras tanto te arrojas a lo fácil, a lo pasivo – ver la tele, deambular sin rumbo por internet, viciarte a algún juego que no te aporta nada -.

Incluso cuando has logrado arrancar, la tensión por lo que hay alrededor te pone la zancadilla una y otra vez. A menudo, cuando me pongo con un libro, mi mente vuela y pierdo el hilo de lo que estaba leyendo. O intento escribir en el blog y, cuando me doy cuenta, estoy buscando cualquier chorrada en Google. Cuando espero entre serie y serie en el gimnasio, doy vueltas en círculo nerviosamente; y se supone que el ejercicio debería descargarme tensiones, no agudizármelas.

Escribiendo estas líneas percibo esa inquietud. Pienso en los problemas de hoy y en lo que tengo que hacer mañana. Siento que no logro sacar un renglón a derechas.

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Es justo lo contrario de lo que ofrece la imagen de Qui-Gon Jinn meditando mientras espera a que se abra el campo de fuerza. Él es dueño de su mente con independencia de las circunstancias. Ante un enemigo poderoso como Darth Maul, no tiene problemas en controlar el hilo de sus pensamientos. Cuando la situación cambia otra vez, toma su espada y se pone a pelear.

No se trata de que a Qui-Gon Jinn le vayan bien las cosas. No está sentado en el salón de su casa. Pero ha logrado tal dominio de su mente se sobrepone a la adversidad. Por encima de toda circunstancia cuenta con un recurso precioso: la serenidad.

¿Cómo lograr esta paz mental? Si lo supiera me iría mejor en la vida. Desde luego no tengo la clave en absoluto, casi ni una pista. No rechazo la idea de que meditar puede ayudar, aunque debo informarme más sobre el tema.

El deporte probablemente es también positivo. Por ejemplo, me libera mucho la mente perderme en la naturaleza. Diría que simplificar la vida, eliminar lo superfluo, puede ir en esa dirección. Pero como puede verse, poco tengo aparte de un puñado de ideas inconexas, apenas intuiciones.

Por el momento, lo que estoy intentando con más fuerza es obligarme. Forzarme a todo, no importando las circunstancias. Uno de los problemas que derivan de estar sometido a tu entorno es no poder hacer nada. Esperas siempre a que pase la tormenta, y la tormenta a menudo no termina. Por eso no quiero permitirme flaquear, por muy mal que vaya todo, con las cosas que ahora mismo me parecen prioritarias.

Escribir esta entrada, por ejemplo, es muy difícil por todo lo que tengo en la cabeza. Pero lucho por colocar una palabra detrás de otra. Estoy seguro de que, en pleno combate contra Darth Maul, a Qui-Gon Jinn le apetece una mierda ponerse a meditar. Pero no se trata de lo que quiere o puede sino de lo que debe hacer. Y es en ese instante y no otro cuando tiene que hacerlo.

Las cosas a menudo parecen organizadas para sabotear nuestros planes y atropellar nuestros sueños. La vida descarrila en el momento menos pensado y todo hace aguas. Y así eternamente, tan frágiles somos. Es por eso que no queda más remedio que sacar el tiempo que tengas y hacer lo que puedas, sin más. No se trata de estar bien para hacerlo, sino de hacerlo aunque todo vaya mal. La motivación aquí poco vale; en otra ocasión hablaremos de la fuerza de voluntad y lo que opino de ella.

Evidentemente, la vida va a seguir atacándote con todo lo que haya a su alcance. No me gusta ir de sobrado y decir que “si no haces esto o lo otro es porque no quieres” o “si de verdad te interesara tal cosa encontrarías la manera”. Eso es una forma más de juzgar a los otros sin tener ni idea. Muchas veces si no se puede, no se puede. No todos somos Qui-Gon Jinn.

Por eso yo voy a lo mínimo. A veces escribo cuatro renglones en un día, o cinco palabras. Otros días no escribo nada – como ayer, por ejemplo – pero me acuesto pensando que a la jornada siguiente tengo que obligarme aunque sea mientras me lavo los dientes. Así, poco a poco, espero construir algo – en mi caso, basado en esto de escribir, que es lo que me gusta -.

Es lo único que se me ocurre, de momento, para no perder las escasas oportunidades de hacer lo que quiero hacer. Por el camino, con paciencia, espero averiguar cómo sobreponerme a las circunstancias, elevarme sobre la adversidad hasta conseguir la misma paz mental que Qui-Gon Jinn.

¿Es la historia lo único importante en un libro?

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La historia es lo más importante de un libro. La historia es lo primero, y todo lo demás va después: el tema, la atmósfera, las emociones, incluso los personajes. Todo eso está muy bien, pero solo para hacer el argumento más consistente.

Llevo mucho creyendo esto como si estuviera grabado en piedra. En parte, supongo, porque siempre me ha resultado poco menos que imposible construir una historia o, para ser más exactos, una trama.

Es algo que voy corrigiendo, sobre todo en los últimos años, aunque aún no me siento orgulloso de los resultados. Antes de tomarme la escritura en serio ya pensaba que la historia era fundamental. Tenía muchas ideas pero nada que contar con ellas y me sentía frustrado.

Esto me ocurría especialmente con lo fantástico: inventaba mundos con su cultura y su geografía pero sin nada que ocurriera en ellos, o al menos no a mis personajes.

Cuando iba al instituto escribí en unos meses más de cien páginas del mismo relato, y terminé dejándolo porque me di cuenta de que era una interminable introducción. En todo ese espacio apenas había presentado a los protagonistas y yo mismo no tenía ni idea de qué iba a ocurrir, de qué iba mi libro.

Comprendí que sin historia no hay nada, y aguien que me influyó mucho en eso – y en todo – fue Stephen King. El oficio de un escritor es contar un cuento, punto. En su ensayo Mientras escribo, King explica cómo le gusta introducir los temas solo cuando la historia ya está hecha.

Él no piensa “voy a escribir una historia sobre desigualdad social”, sino “voy a escribir sobre un monstruo devorador de hombres que vive en un pantano y, de paso hablaré sobre desigualdad social”. Y está claro que le funciona – y le salen unos libros cojonudos -.

Para mí, insisto, esto ha sido un mantra. En parte por la influencia de King y de otros autores con opiniones semejantes, en parte porque yo he achacado a mi dificultad con la trama mis muchos fracasos como escritor.

Me tiré años escribiendo pequeños poemas en prosa, textos líricos que hablaban de emociones en forma sugerida, metáforas y cosas así. Era bonito, pero crear una historia se me atascaba.

Sobre este asunto lo tiene claro Arturo Pérez-Reverte, quien dijo en una entrevista: “cuando empecé, no estaba de moda contar historias. Entonces el modelo era Faulkner, la literatura que no cuenta cosas”. Las consecuencias las señala Don Arturo con esa sutileza suya:

Mire, un escritor que escribe 500 páginas sobre lo amarga que es su vida en el café, sobre el polvo que echó o no echó, no puede pretender que eso lo quieran leer 400.000 personas.

A estas palabras me he remontado un millón de veces, así como a la opinión de King y otros grandes sobre la importancia del argumento. ¿Qué ocurre, qué me estás contando? Eso es lo importante. Lo demás va luego. Y como dice el académico, ¿quién quiere leer un libro en el que no pasa nada?

Pues yo, por ejemplo. Yo he leído varios libros en los que pasa entre poco y nada, y me han gustado. El primero que me viene a la mente cada vez que pienso en esto es Política de hechos consumados, de Nacho Vegas.

Este librito, que es uno de los que más me han influido en mi vida – como escritor y como ser humano – está lleno de textos que no cuentan historia alguna. Hay relatos breves, sí, hay poemas – en prosa y verso – hay pasajes alegóricos. También hay puras pajas mentales que no tienen más intención que soltar pensamientos, crearte una sensación o transmitir belleza.

En su obra Nacho Vegas hace muchas cosas, pero historias cuenta pocas y las que narra son vagas. Y aun así habré leído el libro unas ochocientas veces.

Y lo peor de todo es que a mí me dice mucho.

En una charla entre los escritores Matt Cardin y Thomas Ligotti, el primero saca a colación la relevancia de la historia en la narrativa:

Muchos autores actuales de ficción pop enfatizan el viejo dicho de “la historia viene primero”. Pienso en Stephen King, por ejemplo, quien ha dicho esto muchas veces. Incluso muchos autores literarios están de acuerdo con él. “Conmigo”, Bernard Malamud dijo una vez, “es historia, historia, historia”.

Más adelante, Cardin muestra su desacuerdo con esta visión:

Ciertamente no considero esta sumersión de la trama como un menoscabo. Pienso que todos esos autores que ofrecen una recomendación universal basada en la postura de “la historia primero” están simplemente haciendo un mantra a partir de sus preferencias privadas. Creo que son probablemente el tipo de lector que se deleita en la historia y por eso, cuando van a escribir su propia ficción, es así como lo enfocan.

Encontraba pues a alguien que apuntaba en mi dirección, al menos en parte. Yo no hago esa distinción entre “ficción pop” y “autores literarios”; en ese sentido estoy con Pérez-Reverte: todo es literatura.

Pero sí puedo leer y disfrutar un libro que no cuenta una historia, aunque suene surrealista, o un libro donde la trama sea algo muy vago. A veces, una excusa para contar otras cosas. En palabras de Thomas Ligotti:

Creo que mis propias historias tienen abundante historia dentro de ellas. Pero son solo pretextos, percheros en los que colgar lo que es importante para mí, que es mi propia sensibilidad.

Tomando las palabras de Cardin, no obstante, atisbamos un poco la raíz del conflicto: parece que cuanto más trama, más comercial, más “mundano”. La gente quiere leer aventuras, evadirse, entretenerse. La introspección, la reflexión y la metafísica son para la ficción elevada, la profunda, la “literaria”. Son dos formas contrapuestas de entender los libros.

El punto de un texto literario es, quizá, contar algo. No necesariamente una historia. “A tal personaje le pasó tal cosa”. Hay mucho más que relatar. Un autor puede contarme que está triste, que teme a la muerte, que se ha enamorado.

El libro que me viene a la mente es Las uvas de la ira, de John Steinbeck. Cuando uno relee y analiza esta obra inmortal se da cuenta de que el argumento es muy básico, casi lo de menos. Steinbeck no cuenta tanto acerca de los personajes y ocupa páginas y más páginas hablando de la Gran Depresión y de lo jodidas que estaban las clases populares de los Estados Unidos.

Al final comprendes que la historia particular de los Joad no es más que una excusa para hablar de todo lo demás. Justo al revés de como King lo hace.

Pero esto no significa que Steinbeck no esté contando nada. Te está relatando una situación, una atmósfera. Las uvas de la ira habla sobre la miseria y la pobreza, la desigualdad social, la injusticia y los abusos de poder. Steinbeck te cuenta todo eso en primer lugar y la historia de Tom Joad es secundaria.

En lo que sí tengo que darle la razón a Pérez-Reverte, sin ambages, es en que resulta cuando menos difícil que esto interese a miles de personas. Normalmente este tipo de libros y autores tienen gran éxito entre la crítica y no tanto entre el público. Pero hay excepciones, como La soledad de los números primos de Paolo Giordano.

Una novela en que la trama, una vez más, es casi transparente. El autor dedica la mayor parte de las páginas a hablar del mundo interior en el que están atrapados los personajes. Pasar, no pasa prácticamente nada. Pero transmite todo tipo de emociones y además es bonita. Y vendió ocho millones de ejemplares en su primer año. ¿Cómo fue posible? ¿Por qué un libro que es casi una reflexión interna del autor logró romper las listas de éxitos editoriales?

En los últimos tiempos asistimos a una pequeña corriente de linchamiento de este tipo de autores y obras. Es difícil saber por dónde le va a dar la gente. Porque en el fondo se ha dado un vuelco como el que describía Pérez-Reverte.

Pasamos de una etapa en la que parecía que cuanto menos contaras, mejor, a un momento en el que si no tienes una trama trepidante no eres nadie. Y ahora parece que si escribes sobre algo un poco más profundo y reflexivo o te centras en el tema más que en el argumento eres un pedante y un snob. Eso tampoco me parece justo.

Creo que cada uno debería poder escribir y leer lo que quiera. En mi caso, a veces me he sentido constreñido a la hora de escribir. No me sale la trama, pero tengo muchas cosas que contar. Hay material dentro de mí que quiero poner en la pantalla. Y siempre hay alguien en alguna parte diciendo que eso no le va a interesar a nadie. ¿Por qué no? ¿Cómo podemos estar seguros?

Comprendo que, salvando casos como Steinbeck o Giordano, no es lo más normal que un libro reflexivo o lírico triunfe entre los lectores a nivel comercial. No sé las ediciones que habrá tenido el título de Nacho Vegas, y pienso en otros autores, como Ray Loriga, que tampoco es que la estén partiendo en cuestión de ventas. Pero están ahí, existen, y siempre habrá gente que disfrute leyéndolos, aunque sea poca.

No estoy haciendo una renuncia pública a la historia, ni quiero renegar de la trama. Al contrario, quiero crecer en esto de la escritura y aprender a construir argumentos cada vez más sólidos y mejores, más interesantes para el lector. Me encantaría poder trazar un relato que enganche y que resulte entretenido.

Pero al mismo tiempo, defiendo la libertad creativa del autor y la capacidad de elegir del lector.

Las preguntas, sin embargo, siguen ahí. Nunca nada es seguro, y con la literatura menos. ¿Es la historia lo único importante? ¿O es una excusa para hablar de otros temas? ¿Pueden ambas opciones ser acertadas?

¿Sirve de algo ser borde?

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Un día pedí consejo en un foro de internet, alguien se metió y me dijo algo como: “si no te está yendo bien con lo que tienes entre manos es porque no lo has intentado lo suficiente”.

En el hilo había respuestas mejores y peores, con buena voluntad de ayudar. Pero aquel mensaje en concreto fue tan condescendiente, y me sonó tanto a “no tengo ni puta idea de tu vida pero te juzgo” que le contesté la bordería más cruel que me pudo salir del teclado.

Casi me estaba arrepintiendo antes de darle a “enviar”, pero simplemente lo hice. Y me sentí mal nada más publicarlo, y aún peor cuando al cabo de unas horas el tipo (o tipa) me contestó diciendo algo así como: “está bien, ya veo tu rollo, que te vaya bien en la vida”. Se percibía más tristeza que otra cosa.

Me sentí fatal y probablemente hice sentir fatal a otra persona. Dos seres humanos que ni se conocen, en dos extremos del mundo, sintiéndose un asco por una tontería. Me arrepentí, quise borrar mi comentario, pero el mal ya estaba hecho.

No es que su respuesta fuera buena – no lo era para nada -. Incluso quizá pretendiendo ayudar, lo hacía de forma arrogante, dañina, mostrando una gran ignorancia y juzgando a una persona de la que no sabía ni el nombre.

Pero yo respondí con el mismo tono, me puse a su nivel y demostré que no era mejor que él en absoluto.

Es verdad que lo estaba pasando mal, había tenido un día de mierda al final de una semana asquerosa y buscaba ayuda con un tema importante; era además por la noche y estaba cansado. Sí, tenía todos los ingredientes para caer en la debilidad de ser borde, pero nada de eso sirve como excusa.

La cagué, y punto.

¿Por qué le doy tanta importancia a un simple mensaje de internet?

En primer lugar, estoy cansado de esta filosofía de que lo que se escribe en la red no va a ninguna parte. Cuando dejas un comentario superborde en YouTube, un ser humano va a leerlo (y posiblemente a sentirse como una mierda).

Dejando a un lado si es digital o no, llevo tiempo – mucho tiempo – intentando sacar un poco la negatividad de mi discurso. Básicamente, lo que hago es procurar no decir nada.

Creo que fue el baterista de los Héroes, Pedro Andreu, quien dijo que no entendía que los críticos les pusieran a parir y que pensaba que mejor callarse que decir que todo es un asco.

Quizá eso es algo extremo, pero cuando pienso en ello me vienen a la cabeza las críticas de cine de Filmaffinity. Aunque en esta web hay de todo, siempre encuentras a alguien que no se resiste a contarte cómo se miraban él y su acompañante y se reían porque al resto del público, formado por ignorantes e idiotas, la película le estaba gustando, no como a ellos que entienden de cine.

Y luego se lamentan por haber malgastado su dinero en eso en vez de ver algún drama kazajo en condiciones.

Siempre me pregunto si a estas personas de verdad les aporta algo postear cosas así, pero luego recuerdo que yo lo he hecho también algunas veces. En mi caso soy más de rebatir que de escribir alguna basura sobre algo que odio, lo cual no lo hace mejor.

Por ejemplo, no pocas veces he dejado aquí o allá algún comentario respondiendo a algo con lo que no estoy de acuerdo. Esto produce discusiones que no solo no llevan a ninguna parte, sino que te dejan mal sabor de boca – y probablemente son malas para la salud mental -.

Tenemos que separar conceptos primero. Una cosa es el debate – que me encanta, y nunca renunciaré a él – y las críticas constructivas, que creo que está bien darlas y me encanta recibirlas.

Para entendernos, si alguien se mete en mi blog y dice: “Javier, yo no opino lo mismo que tú, creo que lo enfocas mal por esto y lo otro”; me parece genial, el debate está servido y me mola. Pero si alguien entra y dice: “Javier, lo que has escrito es una mierda y tú eres tonto y, encima, feo”; entonces la cosa la encajo peor.

Lo normal en mí sería responder al segundo comentario con alguna bordería, pero llevo años luchando contra esta parte de mí. Lo hago porque creo que es perder el tiempo y porque me hace mala sangre, y la mala sangre no es buena.

El primer paso fue chapar hace años uno de mis primeros blogs, que trataba de política. Como puede imaginarse, un tema siempre controvertido como ése daba lugar a discusiones donde la mala leche podía llenar un camión cisterna. Decidí cortar por lo sano.

Fuera de internet, intento moderar esa parte de mi persona. Aprender a morderme la lengua cuando alguien dice cosas que considero que no son verdad, algo que es injusto o demagogo, o dañino, o todo a la vez. Porque este es el tipo de debates que desde el principio sabes que son estériles.

A una estupidez solo se puede responder con otra estupidez.

Recientemente estaba tomando algo cuando alguien se puso a hablar de lo vaga que es la gente del sur y de cómo necesitan ser educados para trabajar de forma eficiente.

Fue uno de esos momentos en que la cago y no soy capaz de morderme la maldita lengua, pero cosas como la xenofobia hacen que se me hinche la vena y me cuesta mucho contenerme. Al final contesté, la otra persona también, y se generó una especie de discusión estúpida que no llevó a ningún sitio.

El error fue todo mío. Cuando alguien de verdad cree que la ruina de países enteros se debe a que su gente es vaga, cuando alguien reduce el complejo escenario económico a una explicación tan simple – y xenófoba – el debate no tiene sentido.

Esa persona no quiere debatir. Tiene asunciones, y punto.

En otra ocasión, en cambio, ocurrió lo contrario. Fue hace poco que alguien escribió un comentario poco amigable sobre mí en Twitter. Es una persona con la que jamás he cruzado una palabra, así que me quedé un poco loco.

Durante un segundo pensé en darle a me gusta o algo así para ver qué pasaba, pero al final decidí dejarlo correr. Lo único que iba a conseguir era crear una situación violenta, aunque fuera a nivel virtual, y si el tipo se sentía mejor poniendo verde a un desconocido en Twitter, bien por él.

A los cinco minutos estaba leyendo otras cosas y perfectamente tranquilo y contento de haber ignorado aquella vaga provocación.

Un ejemplo de cómo ignorar un ataque verbal puede ser una muy buena idea, mientras que meterse en una discusión estéril solo te va a servir para terminar de barro hasta las orejas. Los trolls, en internet o en la vida, disfrutan hundiéndose en la mierda siempre que puedan arrastrar a alguien con ellos.

Esto no significa que debamos tolerarlo todo. No está mal alzar la voz cuando la cosa se pasa de la raya. Cuando se ataca personalmente a alguien o se le somete a insultos y a abuso sí que viene a cuento preguntar tú de qué vas.

Si voy por la calle y alguien se caga en mis muelas porque sí, a lo mejor me chino un poco. Pero si se meten a mi blog a decir que soy un palurdo o que huelo a cuadra o si un tipo en un bar me dice que le parece muy bien que se junten pero que no lo llamen matrimonio, pues quizá lo más adecuado es pasar del tema.

Por desgracia no siempre es así porque uno es humano, a veces tienes un mal día, a veces alguien te dice algo que te sienta mal – esto ocurre sobre todo en internet – y te rebotas.

Dices barbaridades que no piensas porque has escrito en caliente, en lugar de esperar cinco o diez minutos y darte cuenta de que no necesitas responder a ese tipo que no sabes ni qué cara tiene y que no vas a conocer en tu vida.

Sí, a veces la cago. Pero me esfuerzo día a día – y me cuesta, porque tengo mi personalidad – por corregir esta parte de mí que tiende a la vehemencia y a polemizar.

¿Merece la pena gastar tiempo y energía en discusiones vanas o responder a estúpidas provocaciones? ¿Sirve de algo responder a un borde?

Si vais a contestar hacedlo sin insultos ni borderías, no hace falta que lo recuerde.

¿Podemos vivir sin Facebook?

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La respuesta rápida al título de esta entrada es que sí, se puede. No solo yo vivo sin tener ninguna cuenta en Facebook, sino que conozco a otras personas que también lo hacen. Es decir, no me siento tan bicho raro.

Se puede pasar de Facebook a distintos niveles: tener una cuenta que usas poco o solo para chorradas como picarte a algún juego o participar en promociones, o bien no tener una cuenta en absoluto.

Llevo un buen tiempo, sobre todo desde que me decidí a empezar este blog, fantaseando con la idea de hacerme Facebook otra vez.

La pregunta a que me lleva esto no es si podemos vivir sin Facebook – sí, se puede – más bien es si debemos.

¿Conviene ignorar la existencia de Facebook? Una de las cosas que he notado desde que me lo borré, hace ya más de un año, es que el hecho de no estar en la plataforma te limita bastante a la hora de mantener el contacto con mucha gente.

El otro día, pensando en ello, le comenté a un colega que estaba valorando abrir una cuenta otra vez. Él me dijo que ni lo pensara, de ninguna manera. ¿Para qué? Si no estás en Facebook y te sientes bien con ello, genial.

Es mejor no tener un perfil a hacértelo simplemente porque sientes que debes hacerlo.

La verdad es que hay razones para querer estar en Facebook, al menos en parte. No es solo que pueda querer mostrar lo feliz que soy y lo maravillosa que es mi vida – no lo es, pero es para lo que muchas personas utilizan Facebook -. ¿Y si genuinamente quiero mantener el contacto con unos y con otros?

Para eso hay más recursos: WhatsApp, correo electrónico, otras redes sociales y la llamada telefónica de toda la vida.

Pero la realidad es que ninguno de estos medios tiene la inmediatez de Facebook. Con la red social simplemente entras y tienes a todo el mundo allí, delante de tus ojos, sabes dónde está cada uno y qué está haciendo en cada momento y puedes contactar con un clic.

Es como una versión interactiva de las antiguas Páginas Amarillas. Y esto hace que Facebook sea útil y escalofriante a la vez.

El resto de herramientas no son tan accesibles y además son muy cambiantes. Cuando hablé con mi colega le pregunté qué pasaría si el año que viene me he mudado a la otra punta del mundo, ¿qué sabré de él?

Tenemos WhatsApp, me dijo. Pero podemos cambiar de número, por ejemplo – lo cual me ha pasado con varias personas -. Si me sale un trabajo en la Capadocia tendré que pillarme un móvil de allí, digo yo.

Encontrás una manera, y si finalmente no mantienes el contacto con esa persona es porque no merecía la pena. O bien no aportaba nada a tu vida, o no teníais una auténtica relación o amistad o ambas cosas.

No es que la gente en tu Facebook sea mala, pero a todos nos ha pasado que agregamos a aquel tipo tan majo del curso de gin-tonics de kebab y jamás volvemos a cruzar una palabra con él. En este caso, la plataforma no sería útil.

¿Para qué necesito una herramienta que me pone en contacto con gente con la que no necesito contactar? Es un sinsentido.

Pero ¿y si lo necesito, en el sentido literal del término? No porque sea un yonqui de la aprobación social, sino por los contactos. Esa horrible palabra tan de moda.

Es verdad que para prosperar en muchos ámbitos es positivo estar en Facebook. Conviene saber lo que gente cerca de ti está haciendo, para aprender de ellos y estar atento a posibles oportunidades.

Lo cierto es que cuando tenía mi perfil me enteraba de cosas de las que nunca habría sabido si no hubiera estado. Incluso algunos empleos, mejores o peores.

Tal vez me esté perdiendo cosas importantes por no tener Facebook.

Quizá el tipo que me contactaría para darme el trabajo de mis sueños y pagarme 3000 euros al mes no va a hacerlo nunca porque no tengo una cuenta allí y él no puede agregarme.

Quizá ese puesto esté disponible justo ahora, y yo no me entero porque no tengo un timeline para verlo.

Esta cosa de crear una red propia me resulta interesante. Recientemente han vuelto a descubrir que lo más decisivo a la hora de encontrar un trabajo no es tu preparación, sino conocer gente – a veces los estudiosos son unos linces -.

Pero a la vez que me gusta, no me gusta, porque todo esto me suena parcialmente a utilizar a las personas y nunca pretendería eso.

Supongo que quien utiliza Facebook para ayudar a sus propósitos profesionales no lo hace con la peor intención, pero no dejo de ver algo torcido en todo el asunto.

Soy de los ingenuos que creen que la mayoría de la gente es, si no buena, al menos no mala. Probablemente los que hacen buen networking saben enfocar el asunto de una forma que a mí se me escapa, de modo que sea útil para todos y no solo una manera de exprimirse mutuamente como limones.

Al mismo tiempo, la creación de una cuenta de Facebook con un enfoque profesional parece difícil de compaginar con la variante personal que es, a fin de cuentas, lo que hizo nacer a esta red y lo que supuestamente le dio su sentido.

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Cuando pienso en volver a Facebook veo posibilidades, pero a la vez me siento incómodo. Hay gente que estaba allí cuando me fui y que no sé si quiero que vuelvan a formar parte de mi vida.

Una red social es un lugar donde todo permanece para siempre, el pasado te persigue. Te enteras de la vida de gente que desearías no ver nunca, y al mismo tiempo ellos pueden meter el hocico en tus asuntos.

En la otra mano puede haber personas a las que apreciaste, que quizá incluso aún te caen bien, pero que no tienen un peso en tu vida – quizá no están en tu vida en absoluto – como para tenerlas en tu Facebook. ¿Qué hacer en este caso?

Existe una compleja etiqueta para las redes sociales, cada uno tiene su opinión, los hay que pasan de todo y otros que se ofenden a la primera de cambio y nunca es fácil acertar – si es que lo logras alguna vez -.

Toda esta subcultura de Facebook me da mucha pereza y me hace sentir incómodo.

Al mismo tiempo, añoraría mi libertad. A veces siento que un peso se fue de mis hombros con la desaparición de mi Facebook. Como he mencionado, ya no tengo que preocuparme por tener entre mis contactos a gente a la que no querría tener.

La última vez que alguien me pidió mi Facebook y yo no quería realmente agregarle, ni mantener contacto con él en absoluto, me sentí la persona más libre del mundo: “no estoy en Facebook”, fue mi respuesta. Y era la verdad. No tuve ni que pensarlo, fue fulminante.

En otro tiempo habría tenido que darle vueltas, habría dudado. ¿Qué hacer? La persona en cuestión me caía bien, lo suficiente como para hablar, pero no como para tenerla sujeta a mi información privada el resto de mi vida. ¿Le pongo una excusa? ¿Le miento?

Lo más probable es que hubiera terminado agregándola por cumplir y ya está. Pero ahora no, ahora muerto el perro se acabó la rabia.

Si no quiero agregar a alguien a Facebook no lo hago sencillamente porque no tengo.

En el mismo sentido, tiene su parte de verdad aquello de que si alguien quiere mantener el contacto contigo lo va a hacer tengas una red social o no.

Desde que abandoné la plataforma, ha sido curioso y a veces sorprendente comprobar quién se toma la molestia de preguntar qué es de tu vida y saber qué haces o si continúas existiendo.

Las personas que me han escrito e incluso me ha llamado por teléfono para interesarse por mí son las últimas que hubiera imaginado.

Y eso está bien, porque si hubiera tenido Facebook quizá nunca hubiera recibido esas llamadas y no sabría que a esa gente de verdad le importa mi existencia, aunque sea en una medida muy pequeña.

Esta, paradójicamente, es una de esas cosas que te empujan hacia la idea de recuperar Facebook. Si bien es un alivio ahorrarte el lidiar con contactos que nunca querrías aceptar, sí es cierto que desearías agregar a algunas personas y no puedes.

Sencillamente porque quieres ver lo que hacen, qué es de su vida, tener un contacto habitual. Que recuerden que existes y recordar tú que existen ellos unas cuantas veces a la semana.

En definitiva, mi mente es un hervidero de pensamientos en cuanto a Facebook. Me gusta enterarme de cosas, me gusta saber dónde hay oportunidades, me gusta ver lo que hace la gente que considero interesante.

No me gusta sentirme un ermitaño porque no sé nada de prácticamente nadie.

Pero me gusta ser libre, me gusta no tener que verle el careto a alguien que no me interesa solo porque en algún momento tuve que agregarle, me gusta no saber nada de personas que no quiero en mi vida, me gusta descubrir a quién le importo lo suficiente como para pegarme un toque al móvil.

De momento tengo otras redes más underground para ir probando, por ejemplo estoy en Twitter. Un sitio algo marginal, pero interesante.

La parte positiva es, por un lado, que no me va la vida en ello. Con dos mil millones de usuarios es improbable que al mundo le importe una mierda que yo tenga Facebook o no. Por otra parte tengo todo el tiempo que quiera para decidir – o al menos hasta que la plataforma se hunda y aparezca algo nuevo -.

Mientras tanto, ¿qué hay de vosotros? ¿Estáis en Facebook? ¿Lo amáis, lo odiáis, le venderíais vuestra alma? Dadle a compartir vuestros pensamientos.

Quedarse con lo negativo

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Hay que quedarse con lo positivo. Me lo han dicho un millón de veces. Es verdad que no soy demasiado optimista y a menudo me centro en la peor parte de las situaciones. No es raro entonces que alguien, con la mejor intención, quiera hacerme ver las cosas de forma diferente. Es ahí donde aparece la fórmula mágica: “hay que quedarse con lo positivo”. Una máxima con la que estoy cada vez menos de acuerdo.

No es una simple frase hecha, define una filosofía. No niega que la situación sea difícil o dolorosa – esto me saca de quicio, pretender que el lado negativo sencillamente no existe – sino que hay que descartar aquellas partes que lo son y quedarse con lo positivo. Una máxima a la que doy vueltas últimamente y con la que estoy cada vez menos de acuerdo.

No me gusta mi situación. Desearía cambiar y a menudo añoro el pasado. Pero lo gracioso es que casi nunca me gusta. Es posible que dentro de un año tampoco esté satisfecho y sienta nostalgia por el día de hoy. ¿Cómo es posible? Si todo es siempre un asco, ¿por qué lo echo de menos? ¿Por qué parece que las cosas no iban tan mal después de todo?

Porque me quedo con lo positivo.

No es que sea una persona supervital y positiva, todo lo contrario. Es algo inconsciente. De algún modo, como mecanismo de defensa, el cerebro tiende a suprimir o al menos controlar los recuerdos más difíciles porque de otra forma no podríamos vivir. Entre otras cosas, el miedo no nos dejaría continuar. Cuando este dispositivo no funciona bien, de hecho, pueden aparecer la ansiedad y otros trastornos.

Quizá yo tiendo a la ensoñación. Soy dado a evadirme, y una forma de hacerlo es idealizar el futuro y el pasado. Es ahí donde elijo lo positivo, recordando intensamente las cosas que me gustaban. Momentos concretos. En mi memoria, obvio lo doloroso y lo desagradable. Así, cualquier tiempo pasado fue mejor, mientras que el presente es, por lo general, un asco.

Probablemente todos lo hacemos en mayor o menor medida; yo lo llevo un poco al extremo, hasta el punto de crear una memoria mejorada del pasado. Si bien no lo idealizo totalmente – no soy idiota, recuerdo si las cosas iban mal – al menos sí que reduzco los aspectos negativos hasta que, comparados con el presente, parezcan no tener tanta importancia. Y no es verdad.

Mi vida quizá no sea la mejor posible, pero he estado peor. Recordar lo negativo podría ser una buena idea. No es necesario olvidar todo lo bueno y regodearse en las partes más negras de nuestra existencia, rememorando constantemente un pasado traumático. Se trata de conseguir un balance. Quedándonos con lo negativo podemos, de algún modo, calibrar lo bien o mal que nos va en este momento. Los malos tragos del pasado pueden servir como regla comparativa.

Puede ayudar también a quedarse con lo positivo, es decir, con el aprendizaje. Porque, a mi juicio, lo único bueno que hay en una mala experiencia es que vale de mal ejemplo. Los errores deberían ayudarnos a saber lo que no tenemos que hacer. También podemos aprender a reconocer el peligro y a ser más prudentes o más tácticos. Si te quedas solo con las cosas buenas, idealizas el pasado y corres mayor riesgo de repetirlo – lo cual me sucede a menudo -.

Centrarse en lo negativo puede aportarnos una visión más templada de la realidad y recordar algo muy importante: que siempre puede ir peor. Da igual lo negras que veas las cosas. Por imposible que parezca, siempre puedes hundirte un poco más en la desgracia. Conviene tenerlo presente.

No se trata de vivir como un paranoico, con miedo a salir a la calle por culpa de las malas experiencias; pero sí de ser consciente de las cosas negativas que te han ocurrido para intentar que no se vuelvan a repetir en el futuro, tanto si fuiste tú el responsable o no.

¿Es una buena idea? No lo he comprobado todavía. Ni siquiera tengo muy claro cómo puedo enfocarme en las malas experiencias para aprender de ellas. Pero tal vez merezca la pena intentarlo. ¿Quizá descubra que sí, que hay que quedarse con lo negativo?