A veces hay que rendirse

a veces hay que rendirse.jpg

Una frase que me encanta, creo que de Napoleón, dice así: “a veces hay que retroceder dos pasos para avanzar uno”. No abundaré en ello, pero está relacionado con el tema que nos ocupa: a veces hay que rendirse en algunas cosas para permitir que progresen otras.

Un ejemplo en mi vida es el rock, que me obsesionó durante bastantes años. Quería formar parte de una banda y así lo hice. No me sirvió más que para descuidar los estudios y perder tiempo y dinero. Y lo más importante, malgasté una energía preciosa que podía haber dedicado a algo que de verdad me llenaba y se me daba bien: escribir.

He tenido muchos otros intereses y pequeños sueños que han ido fracasando: el dibujo, el diseño, la fotografía… Creo que nos ha quedado muy marcado el arquetipo de “hombre del Renacimiento”, y los que albergamos inquietudes creativas normalmente no tenemos una sino siete. Y ocurre que las fuerzas y, sobre todo, el tiempo, son limitados.

Esto no solo se aplica a la creatividad, a los sueños locos, sino a las cosas más cotidianas. Las pequeñas o grandes luchas diarias, muchas de las cuales no se pueden ganar.

Conocí a una persona que suspendió tantas veces el examen de conducir que, a partir de cierto momento, dejó de contarle a sus amigos cuándo iba a volver a presentarse. Aún no tiene su licencia, y no creo que la tenga nunca.

¿Cuánto dinero habrá gastado? ¿Cuánta frustración habrá sufrido, cuánto habrá llorado, atrapada en esa situación? Y sobre todo, ¿cuánta angustia se habría ahorrado de haberse retirado en un momento temprano del proceso?

Continuamos por inercia con cosas que nos pueden, e ignoramos que no solo el dinero es limitado sino también el ánimo y la energía.

Una sucesión de derrotas que no llevan a ningún lado pueden dejar en nuestra mente heridas difíciles de reparar. Quizá sea tarde cuando queramos reaccionar y cambiar de dirección.

Pienso en personas que han peleado hasta la saciedad con una carrera que odian solo porque creían que habían invertido demasiado para abandonar, que no podían renunciar ahora.

Personas que odian estudiar pero que dedican grandes cantidades de dinero y energía a ello solo porque creen que deben hacerlo. Gente que lucha durante años por sacar adelante relaciones fracasadas o que incluso convive de por vida con una pareja a la que no soporta.

La inercia es una fuerza poderosa, así como la presión de nuestro entorno. Continúa con esa carrera tan superdifícil que no te gusta, aunque esté acabando contigo. ¿Cómo vas a aceptar que es demasiado para ti? ¡Qué patético sería! Conozco a autenticos zotes que se lo han sacado, ¿no vas a ser tú capaz?

Dedica tu vida a ese trabajo de mierda que odias, porque es estable o la empresa es prestigiosa, aunque te esté matando, aunque te consuma la vida. Sigue hasta que estés tan hecho polvo que sueñes con que te atropelle un camión por las mañanas, simplemente porque no puedes decir “hasta aquí he llegado”.

batalla_de_teutoburgo

En el siglo I, las legiones de Augusto, al mando del general Varo, fueron aniquiladas por el líder bárbaro Armin en Germania. Después de ello, Roma vengó su honor con una expedición comandada por Germánico. Pero las fuerzas del Imperio, exhaustas, abandonaron para siempre las tierras al norte del Elba.

Fue un golpe duro para el orgullo nacional, pero Roma continuó expandiéndose en áreas como los Balcanes y Oriente Próximo, y siglos más tarde alcanzaría su apogeo con el gran Trajano.

¿Qué habría ocurrido si los romanos no se hubieran rendido en Germania? ¿Y si hubiesen intentado una y otra vez conquistar aquellas frías tierras, sufriendo una derrota tras otra, perdiendo ejércitos enteros?

Quizá no habrían tenido hombres, ni fondos, ni fuerzas para conquistar medio mundo como finalmente hicieron, aunque para ello tuvieran que renunciar a sus dominios y a su orgullo en Germania.

Hay que aceptar cuándo no podemos más. Que hay algo superior a nosotros que nos derribará y nos ahogará hasta matarnos. A veces tenemos que retirarnos para buscar otro camino, el bueno, el que nos lleve a donde debemos llegar.

Quedarse con lo negativo

arboles_muertos

Hay que quedarse con lo positivo. Me lo han dicho un millón de veces. Es verdad que no soy demasiado optimista y a menudo me centro en la peor parte de las situaciones. No es raro entonces que alguien, con la mejor intención, quiera hacerme ver las cosas de forma diferente. Es ahí donde aparece la fórmula mágica: “hay que quedarse con lo positivo”. Una máxima con la que estoy cada vez menos de acuerdo.

No es una simple frase hecha, define una filosofía. No niega que la situación sea difícil o dolorosa – esto me saca de quicio, pretender que el lado negativo sencillamente no existe – sino que hay que descartar aquellas partes que lo son y quedarse con lo positivo. Una máxima a la que doy vueltas últimamente y con la que estoy cada vez menos de acuerdo.

No me gusta mi situación. Desearía cambiar y a menudo añoro el pasado. Pero lo gracioso es que casi nunca me gusta. Es posible que dentro de un año tampoco esté satisfecho y sienta nostalgia por el día de hoy. ¿Cómo es posible? Si todo es siempre un asco, ¿por qué lo echo de menos? ¿Por qué parece que las cosas no iban tan mal después de todo?

Porque me quedo con lo positivo.

No es que sea una persona supervital y positiva, todo lo contrario. Es algo inconsciente. De algún modo, como mecanismo de defensa, el cerebro tiende a suprimir o al menos controlar los recuerdos más difíciles porque de otra forma no podríamos vivir. Entre otras cosas, el miedo no nos dejaría continuar. Cuando este dispositivo no funciona bien, de hecho, pueden aparecer la ansiedad y otros trastornos.

Quizá yo tiendo a la ensoñación. Soy dado a evadirme, y una forma de hacerlo es idealizar el futuro y el pasado. Es ahí donde elijo lo positivo, recordando intensamente las cosas que me gustaban. Momentos concretos. En mi memoria, obvio lo doloroso y lo desagradable. Así, cualquier tiempo pasado fue mejor, mientras que el presente es, por lo general, un asco.

Probablemente todos lo hacemos en mayor o menor medida; yo lo llevo un poco al extremo, hasta el punto de crear una memoria mejorada del pasado. Si bien no lo idealizo totalmente – no soy idiota, recuerdo si las cosas iban mal – al menos sí que reduzco los aspectos negativos hasta que, comparados con el presente, parezcan no tener tanta importancia. Y no es verdad.

Mi vida quizá no sea la mejor posible, pero he estado peor. Recordar lo negativo podría ser una buena idea. No es necesario olvidar todo lo bueno y regodearse en las partes más negras de nuestra existencia, rememorando constantemente un pasado traumático. Se trata de conseguir un balance. Quedándonos con lo negativo podemos, de algún modo, calibrar lo bien o mal que nos va en este momento. Los malos tragos del pasado pueden servir como regla comparativa.

Puede ayudar también a quedarse con lo positivo, es decir, con el aprendizaje. Porque, a mi juicio, lo único bueno que hay en una mala experiencia es que vale de mal ejemplo. Los errores deberían ayudarnos a saber lo que no tenemos que hacer. También podemos aprender a reconocer el peligro y a ser más prudentes o más tácticos. Si te quedas solo con las cosas buenas, idealizas el pasado y corres mayor riesgo de repetirlo – lo cual me sucede a menudo -.

Centrarse en lo negativo puede aportarnos una visión más templada de la realidad y recordar algo muy importante: que siempre puede ir peor. Da igual lo negras que veas las cosas. Por imposible que parezca, siempre puedes hundirte un poco más en la desgracia. Conviene tenerlo presente.

No se trata de vivir como un paranoico, con miedo a salir a la calle por culpa de las malas experiencias; pero sí de ser consciente de las cosas negativas que te han ocurrido para intentar que no se vuelvan a repetir en el futuro, tanto si fuiste tú el responsable o no.

¿Es una buena idea? No lo he comprobado todavía. Ni siquiera tengo muy claro cómo puedo enfocarme en las malas experiencias para aprender de ellas. Pero tal vez merezca la pena intentarlo. ¿Quizá descubra que sí, que hay que quedarse con lo negativo?