A veces hay que rendirse

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Una frase que me encanta, creo que de Napoleón, dice así: “a veces hay que retroceder dos pasos para avanzar uno”. No abundaré en ello, pero está relacionado con el tema que nos ocupa: a veces hay que rendirse en algunas cosas para permitir que progresen otras.

Un ejemplo en mi vida es el rock, que me obsesionó durante bastantes años. Quería formar parte de una banda y así lo hice. No me sirvió más que para descuidar los estudios y perder tiempo y dinero. Y lo más importante, malgasté una energía preciosa que podía haber dedicado a algo que de verdad me llenaba y se me daba bien: escribir.

He tenido muchos otros intereses y pequeños sueños que han ido fracasando: el dibujo, el diseño, la fotografía… Creo que nos ha quedado muy marcado el arquetipo de “hombre del Renacimiento”, y los que albergamos inquietudes creativas normalmente no tenemos una sino siete. Y ocurre que las fuerzas y, sobre todo, el tiempo, son limitados.

Esto no solo se aplica a la creatividad, a los sueños locos, sino a las cosas más cotidianas. Las pequeñas o grandes luchas diarias, muchas de las cuales no se pueden ganar.

Conocí a una persona que suspendió tantas veces el examen de conducir que, a partir de cierto momento, dejó de contarle a sus amigos cuándo iba a volver a presentarse. Aún no tiene su licencia, y no creo que la tenga nunca.

¿Cuánto dinero habrá gastado? ¿Cuánta frustración habrá sufrido, cuánto habrá llorado, atrapada en esa situación? Y sobre todo, ¿cuánta angustia se habría ahorrado de haberse retirado en un momento temprano del proceso?

Continuamos por inercia con cosas que nos pueden, e ignoramos que no solo el dinero es limitado sino también el ánimo y la energía.

Una sucesión de derrotas que no llevan a ningún lado pueden dejar en nuestra mente heridas difíciles de reparar. Quizá sea tarde cuando queramos reaccionar y cambiar de dirección.

Pienso en personas que han peleado hasta la saciedad con una carrera que odian solo porque creían que habían invertido demasiado para abandonar, que no podían renunciar ahora.

Personas que odian estudiar pero que dedican grandes cantidades de dinero y energía a ello solo porque creen que deben hacerlo. Gente que lucha durante años por sacar adelante relaciones fracasadas o que incluso convive de por vida con una pareja a la que no soporta.

La inercia es una fuerza poderosa, así como la presión de nuestro entorno. Continúa con esa carrera tan superdifícil que no te gusta, aunque esté acabando contigo. ¿Cómo vas a aceptar que es demasiado para ti? ¡Qué patético sería! Conozco a autenticos zotes que se lo han sacado, ¿no vas a ser tú capaz?

Dedica tu vida a ese trabajo de mierda que odias, porque es estable o la empresa es prestigiosa, aunque te esté matando, aunque te consuma la vida. Sigue hasta que estés tan hecho polvo que sueñes con que te atropelle un camión por las mañanas, simplemente porque no puedes decir “hasta aquí he llegado”.

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En el siglo I, las legiones de Augusto, al mando del general Varo, fueron aniquiladas por el líder bárbaro Armin en Germania. Después de ello, Roma vengó su honor con una expedición comandada por Germánico. Pero las fuerzas del Imperio, exhaustas, abandonaron para siempre las tierras al norte del Elba.

Fue un golpe duro para el orgullo nacional, pero Roma continuó expandiéndose en áreas como los Balcanes y Oriente Próximo, y siglos más tarde alcanzaría su apogeo con el gran Trajano.

¿Qué habría ocurrido si los romanos no se hubieran rendido en Germania? ¿Y si hubiesen intentado una y otra vez conquistar aquellas frías tierras, sufriendo una derrota tras otra, perdiendo ejércitos enteros?

Quizá no habrían tenido hombres, ni fondos, ni fuerzas para conquistar medio mundo como finalmente hicieron, aunque para ello tuvieran que renunciar a sus dominios y a su orgullo en Germania.

Hay que aceptar cuándo no podemos más. Que hay algo superior a nosotros que nos derribará y nos ahogará hasta matarnos. A veces tenemos que retirarnos para buscar otro camino, el bueno, el que nos lleve a donde debemos llegar.

¿Y si renuncias a tus sueños?

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Desde que me tomo medio en serio esto de escribir suelo encontrarme con gente que está haciendo lo mismo, y comparte en la red sus pensamientos e ilusiones.

Algo que he visto es que las personas invierten en su escrutura: se inscriben en cursos y seminarios o encargan informes de lectura de sus manuscritos. Gastan su dinero en conseguir la ayuda de un profesional.

Esto imagino que ha existido siempre – sobre todo los talleres – pero internet o lo ha potenciado o lo ha hecho más visible. Y claro, genera muchas críticas.

No voy a entrar a debatir los informes de lectura y si son o no necesarios, eso bien puede darnos para otra entrada. Lo que veo problemático es que esto ayuda a la gente a creer que va a alcanzar sus sueños. Y no sé si eso es bueno.

Tengo la impresión de que, cuando alguien encarga un informe de lectura y recompone su libro, se debe quedar con la sensación de que está muy cerca de ser publicado – y leído -. A mí me pasaría. Y no cabe duda de que has avanzado un paso, pero eso es una cosa y otra es lograrlo.

Por cada persona a la que un profesional puede sacar adelante hay cien que se quedan ahí, por mucho que se esfuercen y mucha formación en la que inviertan.

No paro de encontrar páginas sobre cómo ser escritor, ilustrador, youtuber o lo que sea. Y no es solo que haya plazas limitadas en el tren del éxito, es que muchísima gente no puede lograrlo porque no tiene las capacidades. Veo a alguien compartiendo sus ilusiones en la red y recibiendo comentarios de ánimo, quizá alguno mío, y me da una pena terrible.

En muchos casos tengo la certeza de que esa persona se va a quedar ahí. De que algún día se acordará de su blog y se sentirá mal porque lo abandonó, porque fracasó y jamás cumplió sus sueños.

Diréis que vaya un idiota que dice eso en su propio blog, como si yo fuera diferente. Como si yo fuera alguien. Y no, no lo soy. De hecho un día me dije que viviría mis sueños de una forma o de otra.

Pero ahora, tiempo después – y ese espíritu intento que alumbre este blog – trato de luchar cada día contra esa idea. Como todos, he imaginado muchas veces las portadas de mis libros o cómo sería firmarlos. Como cualquier escritor aficionado. O cualquiera que tenga un gran sueño. Cualquier chaval que empiece en el fútbol semiprofesional piensa que algún día jugará en el Madrid.

Pero puedes poner una barrera a esos pensamientos. Tu corazón albergará los sueños, mientras que el cerebro debe aplastarlos. El alma es el fuego y la mente el agua que lo apaga.

Opino así porque los sueños que no se cumplen generan frustración innecesaria y por tanto, dolor. Los sueños, las ilusiones, son según Schopenhauer la fuente de todo sufrimiento humano: “vivir es querer y, como querer es sufrir, toda vida es por esencia dolor”. Una tesis que comparten los budistas, quienes aspiran a renunciar a los deseos para conseguir la paz.

Un equipo de tercera regional está lleno de viejas promesas que un día se imaginaron jugando en el Barça, y de aquello les queda solo un puñado de ilusiones rotas.

¿Y si renunciar a los sueños fuera algo bueno, en contra de lo que enseñan las películas? Renunciar a tiempo, cuando puedes controlar la frustración. Porque desistir, la mayoría de la gente desiste, solo que porque no tiene más remedio. Al pasar los años hay que asumir el fracaso. Pero si te retiras antes, el batacazo será menor.

Además, puedes centrarte en objetivos más pragmáticos. Algunos afirman que vivir sin metas te ayuda a enfocarte más en lo que estás viviendo.

Sé que parece contradictorio lo que digo, ya que yo tengo un blog – que de algún modo responde al sueño de escribir -. Pero mi blog es el objetivo ahora. De hecho el blog cobró más fuerza cuando aparté la idea de sacar un libro adelante.

Conseguir que este blog salga a flote y tenga una base razonable de seguidores es lo más parecido a un “sueño” que tengo, porque lo veo posible. Desde luego, mucho más que ser escritor famoso – o escritor, a secas -.

No significa que lo haya logrado, ¿estáis locos? Recordad que consejos vendo y para mí no tengo. A menudo me sorprendo imaginando cómo será cuando saque tal libro, cómo a la gente le gustará y me enviarán sus comentarios. Me veo a mí mismo firmándolo y conociendo a los lectores. Luego aparto esas ensoñaciones.

Esto no es un “deberías hacerlo”, es un “¿y si fuera buena idea?”. Quizá seríamos menos infelices si no tuviéramos que enfrentarnos a la desilusión de los sueños fracasados, mientras los cambiamos por otros realizables. Cosas como ser maestro o médico, cosas que factibles, por unos años al menos. En cualquier caso más accesibles que ser bestseller, estrella de rock, futbolista de élite o ganador del Oscar.

Conseguir la paz mental

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Siempre me ha fascinado la escena de La Amenaza Fantasma en que los Jedi están luchando contra Darth Maul cuando unos campos de fuerza se activan y los separan, interrumpiendo el combate. Qui-Gon Jinn se sienta en el suelo, cierra los ojos y se pone a meditar como si tal cosa. La calma del maestro contrasta con la ansiedad de Obi Wan y la insana impaciencia de Darth Maul.

De niño, este momento me impacto mucho. En lo más tenso del combate la acción se para, y Qui-Gon Jinn se sienta en el suelo y se encierra en su mundo con toda tranquilidad. Aún hoy me parece un giro muy valiente; cortar en seco una pelea puede sacar al espectador. Yo por mi parte quedé atrapado por la imagen de Qui-Gon Jinn respirando con calma mientras el Sith camina nervioso de un lado a otro.

Cuando el campo de fuerza se abre, Darth Maul se lanza como un poseso, pero esto no pilla al maestro desprevenido. El Jedi está aguardando y reacciona al instante. Qui-Gon Jinn estaba meditando, no en Babia.

Llevo tiempo queriendo aplicar esto a mi vida. Me ocurre que para algunas cosas necesito tener todo más o menos controlado, que vaya bien o haya una estabilidad. Cuando por razones de trabajo o personales algo está torcido, me descentro en muchos aspectos. Escribir, sin ir más lejos.

Puedo pasar largas temporadas sin hacerlo no porque no tenga tiempo – que a veces no tengo – sino porque mi mente está en otra parte, descolocada. El año pasado tuve un trabajo de bastante estrés, y no es que saliera a las tantas sino que terminaba con la cabeza hecha mierda.

Solo era capaz de llevar a cabo actividades pasivas, como ver la tele, o que no reclamaran pensar demasiado. Podía pasear o hacer deporte pero leer o escribir se me hacía imposible. Mi mente estaba aturdida, como un barco medio reventado en mitad de una marejada.

No fue la primera ni la última temporada así que pasé. Ahora mismo, por ejemplo, escribir en este blog es a veces una tarea complicada. Las cosasa menudo no van bien, tienes tus preocupaciones y lo último que te apetece es un esfuerzo intelectual. Por eso me fascina esa paz mental de Quin-Gon Jinn y me pregunto si podemos alcanzarla en el mundo real.

El ruido que hay en nuestra cabeza, los problemas y tribulaciones, son una de las muchas cosas que pueden empujarnos a la procrastinación. Cuando no te va bien, pospones. Y mientras tanto te arrojas a lo fácil, a lo pasivo – ver la tele, deambular sin rumbo por internet, viciarte a algún juego que no te aporta nada -.

Incluso cuando has logrado arrancar, la tensión por lo que hay alrededor te pone la zancadilla una y otra vez. A menudo, cuando me pongo con un libro, mi mente vuela y pierdo el hilo de lo que estaba leyendo. O intento escribir en el blog y, cuando me doy cuenta, estoy buscando cualquier chorrada en Google. Cuando espero entre serie y serie en el gimnasio, doy vueltas en círculo nerviosamente; y se supone que el ejercicio debería descargarme tensiones, no agudizármelas.

Escribiendo estas líneas percibo esa inquietud. Pienso en los problemas de hoy y en lo que tengo que hacer mañana. Siento que no logro sacar un renglón a derechas.

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Es justo lo contrario de lo que ofrece la imagen de Qui-Gon Jinn meditando mientras espera a que se abra el campo de fuerza. Él es dueño de su mente con independencia de las circunstancias. Ante un enemigo poderoso como Darth Maul, no tiene problemas en controlar el hilo de sus pensamientos. Cuando la situación cambia otra vez, toma su espada y se pone a pelear.

No se trata de que a Qui-Gon Jinn le vayan bien las cosas. No está sentado en el salón de su casa. Pero ha logrado tal dominio de su mente se sobrepone a la adversidad. Por encima de toda circunstancia cuenta con un recurso precioso: la serenidad.

¿Cómo lograr esta paz mental? Si lo supiera me iría mejor en la vida. Desde luego no tengo la clave en absoluto, casi ni una pista. No rechazo la idea de que meditar puede ayudar, aunque debo informarme más sobre el tema.

El deporte probablemente es también positivo. Por ejemplo, me libera mucho la mente perderme en la naturaleza. Diría que simplificar la vida, eliminar lo superfluo, puede ir en esa dirección. Pero como puede verse, poco tengo aparte de un puñado de ideas inconexas, apenas intuiciones.

Por el momento, lo que estoy intentando con más fuerza es obligarme. Forzarme a todo, no importando las circunstancias. Uno de los problemas que derivan de estar sometido a tu entorno es no poder hacer nada. Esperas siempre a que pase la tormenta, y la tormenta a menudo no termina. Por eso no quiero permitirme flaquear, por muy mal que vaya todo, con las cosas que ahora mismo me parecen prioritarias.

Escribir esta entrada, por ejemplo, es muy difícil por todo lo que tengo en la cabeza. Pero lucho por colocar una palabra detrás de otra. Estoy seguro de que, en pleno combate contra Darth Maul, a Qui-Gon Jinn le apetece una mierda ponerse a meditar. Pero no se trata de lo que quiere o puede sino de lo que debe hacer. Y es en ese instante y no otro cuando tiene que hacerlo.

Las cosas a menudo parecen organizadas para sabotear nuestros planes y atropellar nuestros sueños. La vida descarrila en el momento menos pensado y todo hace aguas. Y así eternamente, tan frágiles somos. Es por eso que no queda más remedio que sacar el tiempo que tengas y hacer lo que puedas, sin más. No se trata de estar bien para hacerlo, sino de hacerlo aunque todo vaya mal. La motivación aquí poco vale; en otra ocasión hablaremos de la fuerza de voluntad y lo que opino de ella.

Evidentemente, la vida va a seguir atacándote con todo lo que haya a su alcance. No me gusta ir de sobrado y decir que “si no haces esto o lo otro es porque no quieres” o “si de verdad te interesara tal cosa encontrarías la manera”. Eso es una forma más de juzgar a los otros sin tener ni idea. Muchas veces si no se puede, no se puede. No todos somos Qui-Gon Jinn.

Por eso yo voy a lo mínimo. A veces escribo cuatro renglones en un día, o cinco palabras. Otros días no escribo nada – como ayer, por ejemplo – pero me acuesto pensando que a la jornada siguiente tengo que obligarme aunque sea mientras me lavo los dientes. Así, poco a poco, espero construir algo – en mi caso, basado en esto de escribir, que es lo que me gusta -.

Es lo único que se me ocurre, de momento, para no perder las escasas oportunidades de hacer lo que quiero hacer. Por el camino, con paciencia, espero averiguar cómo sobreponerme a las circunstancias, elevarme sobre la adversidad hasta conseguir la misma paz mental que Qui-Gon Jinn.

¿Sirve de algo ser borde?

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Un día pedí consejo en un foro de internet, alguien se metió y me dijo algo como: “si no te está yendo bien con lo que tienes entre manos es porque no lo has intentado lo suficiente”.

En el hilo había respuestas mejores y peores, con buena voluntad de ayudar. Pero aquel mensaje en concreto fue tan condescendiente, y me sonó tanto a “no tengo ni puta idea de tu vida pero te juzgo” que le contesté la bordería más cruel que me pudo salir del teclado.

Casi me estaba arrepintiendo antes de darle a “enviar”, pero simplemente lo hice. Y me sentí mal nada más publicarlo, y aún peor cuando al cabo de unas horas el tipo (o tipa) me contestó diciendo algo así como: “está bien, ya veo tu rollo, que te vaya bien en la vida”. Se percibía más tristeza que otra cosa.

Me sentí fatal y probablemente hice sentir fatal a otra persona. Dos seres humanos que ni se conocen, en dos extremos del mundo, sintiéndose un asco por una tontería. Me arrepentí, quise borrar mi comentario, pero el mal ya estaba hecho.

No es que su respuesta fuera buena – no lo era para nada -. Incluso quizá pretendiendo ayudar, lo hacía de forma arrogante, dañina, mostrando una gran ignorancia y juzgando a una persona de la que no sabía ni el nombre.

Pero yo respondí con el mismo tono, me puse a su nivel y demostré que no era mejor que él en absoluto.

Es verdad que lo estaba pasando mal, había tenido un día de mierda al final de una semana asquerosa y buscaba ayuda con un tema importante; era además por la noche y estaba cansado. Sí, tenía todos los ingredientes para caer en la debilidad de ser borde, pero nada de eso sirve como excusa.

La cagué, y punto.

¿Por qué le doy tanta importancia a un simple mensaje de internet?

En primer lugar, estoy cansado de esta filosofía de que lo que se escribe en la red no va a ninguna parte. Cuando dejas un comentario superborde en YouTube, un ser humano va a leerlo (y posiblemente a sentirse como una mierda).

Dejando a un lado si es digital o no, llevo tiempo – mucho tiempo – intentando sacar un poco la negatividad de mi discurso. Básicamente, lo que hago es procurar no decir nada.

Creo que fue el baterista de los Héroes, Pedro Andreu, quien dijo que no entendía que los críticos les pusieran a parir y que pensaba que mejor callarse que decir que todo es un asco.

Quizá eso es algo extremo, pero cuando pienso en ello me vienen a la cabeza las críticas de cine de Filmaffinity. Aunque en esta web hay de todo, siempre encuentras a alguien que no se resiste a contarte cómo se miraban él y su acompañante y se reían porque al resto del público, formado por ignorantes e idiotas, la película le estaba gustando, no como a ellos que entienden de cine.

Y luego se lamentan por haber malgastado su dinero en eso en vez de ver algún drama kazajo en condiciones.

Siempre me pregunto si a estas personas de verdad les aporta algo postear cosas así, pero luego recuerdo que yo lo he hecho también algunas veces. En mi caso soy más de rebatir que de escribir alguna basura sobre algo que odio, lo cual no lo hace mejor.

Por ejemplo, no pocas veces he dejado aquí o allá algún comentario respondiendo a algo con lo que no estoy de acuerdo. Esto produce discusiones que no solo no llevan a ninguna parte, sino que te dejan mal sabor de boca – y probablemente son malas para la salud mental -.

Tenemos que separar conceptos primero. Una cosa es el debate – que me encanta, y nunca renunciaré a él – y las críticas constructivas, que creo que está bien darlas y me encanta recibirlas.

Para entendernos, si alguien se mete en mi blog y dice: “Javier, yo no opino lo mismo que tú, creo que lo enfocas mal por esto y lo otro”; me parece genial, el debate está servido y me mola. Pero si alguien entra y dice: “Javier, lo que has escrito es una mierda y tú eres tonto y, encima, feo”; entonces la cosa la encajo peor.

Lo normal en mí sería responder al segundo comentario con alguna bordería, pero llevo años luchando contra esta parte de mí. Lo hago porque creo que es perder el tiempo y porque me hace mala sangre, y la mala sangre no es buena.

El primer paso fue chapar hace años uno de mis primeros blogs, que trataba de política. Como puede imaginarse, un tema siempre controvertido como ése daba lugar a discusiones donde la mala leche podía llenar un camión cisterna. Decidí cortar por lo sano.

Fuera de internet, intento moderar esa parte de mi persona. Aprender a morderme la lengua cuando alguien dice cosas que considero que no son verdad, algo que es injusto o demagogo, o dañino, o todo a la vez. Porque este es el tipo de debates que desde el principio sabes que son estériles.

A una estupidez solo se puede responder con otra estupidez.

Recientemente estaba tomando algo cuando alguien se puso a hablar de lo vaga que es la gente del sur y de cómo necesitan ser educados para trabajar de forma eficiente.

Fue uno de esos momentos en que la cago y no soy capaz de morderme la maldita lengua, pero cosas como la xenofobia hacen que se me hinche la vena y me cuesta mucho contenerme. Al final contesté, la otra persona también, y se generó una especie de discusión estúpida que no llevó a ningún sitio.

El error fue todo mío. Cuando alguien de verdad cree que la ruina de países enteros se debe a que su gente es vaga, cuando alguien reduce el complejo escenario económico a una explicación tan simple – y xenófoba – el debate no tiene sentido.

Esa persona no quiere debatir. Tiene asunciones, y punto.

En otra ocasión, en cambio, ocurrió lo contrario. Fue hace poco que alguien escribió un comentario poco amigable sobre mí en Twitter. Es una persona con la que jamás he cruzado una palabra, así que me quedé un poco loco.

Durante un segundo pensé en darle a me gusta o algo así para ver qué pasaba, pero al final decidí dejarlo correr. Lo único que iba a conseguir era crear una situación violenta, aunque fuera a nivel virtual, y si el tipo se sentía mejor poniendo verde a un desconocido en Twitter, bien por él.

A los cinco minutos estaba leyendo otras cosas y perfectamente tranquilo y contento de haber ignorado aquella vaga provocación.

Un ejemplo de cómo ignorar un ataque verbal puede ser una muy buena idea, mientras que meterse en una discusión estéril solo te va a servir para terminar de barro hasta las orejas. Los trolls, en internet o en la vida, disfrutan hundiéndose en la mierda siempre que puedan arrastrar a alguien con ellos.

Esto no significa que debamos tolerarlo todo. No está mal alzar la voz cuando la cosa se pasa de la raya. Cuando se ataca personalmente a alguien o se le somete a insultos y a abuso sí que viene a cuento preguntar tú de qué vas.

Si voy por la calle y alguien se caga en mis muelas porque sí, a lo mejor me chino un poco. Pero si se meten a mi blog a decir que soy un palurdo o que huelo a cuadra o si un tipo en un bar me dice que le parece muy bien que se junten pero que no lo llamen matrimonio, pues quizá lo más adecuado es pasar del tema.

Por desgracia no siempre es así porque uno es humano, a veces tienes un mal día, a veces alguien te dice algo que te sienta mal – esto ocurre sobre todo en internet – y te rebotas.

Dices barbaridades que no piensas porque has escrito en caliente, en lugar de esperar cinco o diez minutos y darte cuenta de que no necesitas responder a ese tipo que no sabes ni qué cara tiene y que no vas a conocer en tu vida.

Sí, a veces la cago. Pero me esfuerzo día a día – y me cuesta, porque tengo mi personalidad – por corregir esta parte de mí que tiende a la vehemencia y a polemizar.

¿Merece la pena gastar tiempo y energía en discusiones vanas o responder a estúpidas provocaciones? ¿Sirve de algo responder a un borde?

Si vais a contestar hacedlo sin insultos ni borderías, no hace falta que lo recuerde.

Quedarse con lo negativo

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Hay que quedarse con lo positivo. Me lo han dicho un millón de veces. Es verdad que no soy demasiado optimista y a menudo me centro en la peor parte de las situaciones. No es raro entonces que alguien, con la mejor intención, quiera hacerme ver las cosas de forma diferente. Es ahí donde aparece la fórmula mágica: “hay que quedarse con lo positivo”. Una máxima con la que estoy cada vez menos de acuerdo.

No es una simple frase hecha, define una filosofía. No niega que la situación sea difícil o dolorosa – esto me saca de quicio, pretender que el lado negativo sencillamente no existe – sino que hay que descartar aquellas partes que lo son y quedarse con lo positivo. Una máxima a la que doy vueltas últimamente y con la que estoy cada vez menos de acuerdo.

No me gusta mi situación. Desearía cambiar y a menudo añoro el pasado. Pero lo gracioso es que casi nunca me gusta. Es posible que dentro de un año tampoco esté satisfecho y sienta nostalgia por el día de hoy. ¿Cómo es posible? Si todo es siempre un asco, ¿por qué lo echo de menos? ¿Por qué parece que las cosas no iban tan mal después de todo?

Porque me quedo con lo positivo.

No es que sea una persona supervital y positiva, todo lo contrario. Es algo inconsciente. De algún modo, como mecanismo de defensa, el cerebro tiende a suprimir o al menos controlar los recuerdos más difíciles porque de otra forma no podríamos vivir. Entre otras cosas, el miedo no nos dejaría continuar. Cuando este dispositivo no funciona bien, de hecho, pueden aparecer la ansiedad y otros trastornos.

Quizá yo tiendo a la ensoñación. Soy dado a evadirme, y una forma de hacerlo es idealizar el futuro y el pasado. Es ahí donde elijo lo positivo, recordando intensamente las cosas que me gustaban. Momentos concretos. En mi memoria, obvio lo doloroso y lo desagradable. Así, cualquier tiempo pasado fue mejor, mientras que el presente es, por lo general, un asco.

Probablemente todos lo hacemos en mayor o menor medida; yo lo llevo un poco al extremo, hasta el punto de crear una memoria mejorada del pasado. Si bien no lo idealizo totalmente – no soy idiota, recuerdo si las cosas iban mal – al menos sí que reduzco los aspectos negativos hasta que, comparados con el presente, parezcan no tener tanta importancia. Y no es verdad.

Mi vida quizá no sea la mejor posible, pero he estado peor. Recordar lo negativo podría ser una buena idea. No es necesario olvidar todo lo bueno y regodearse en las partes más negras de nuestra existencia, rememorando constantemente un pasado traumático. Se trata de conseguir un balance. Quedándonos con lo negativo podemos, de algún modo, calibrar lo bien o mal que nos va en este momento. Los malos tragos del pasado pueden servir como regla comparativa.

Puede ayudar también a quedarse con lo positivo, es decir, con el aprendizaje. Porque, a mi juicio, lo único bueno que hay en una mala experiencia es que vale de mal ejemplo. Los errores deberían ayudarnos a saber lo que no tenemos que hacer. También podemos aprender a reconocer el peligro y a ser más prudentes o más tácticos. Si te quedas solo con las cosas buenas, idealizas el pasado y corres mayor riesgo de repetirlo – lo cual me sucede a menudo -.

Centrarse en lo negativo puede aportarnos una visión más templada de la realidad y recordar algo muy importante: que siempre puede ir peor. Da igual lo negras que veas las cosas. Por imposible que parezca, siempre puedes hundirte un poco más en la desgracia. Conviene tenerlo presente.

No se trata de vivir como un paranoico, con miedo a salir a la calle por culpa de las malas experiencias; pero sí de ser consciente de las cosas negativas que te han ocurrido para intentar que no se vuelvan a repetir en el futuro, tanto si fuiste tú el responsable o no.

¿Es una buena idea? No lo he comprobado todavía. Ni siquiera tengo muy claro cómo puedo enfocarme en las malas experiencias para aprender de ellas. Pero tal vez merezca la pena intentarlo. ¿Quizá descubra que sí, que hay que quedarse con lo negativo?