¿Es la historia lo único importante en un libro?

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La historia es lo más importante de un libro. La historia es lo primero, y todo lo demás va después: el tema, la atmósfera, las emociones, incluso los personajes. Todo eso está muy bien, pero solo para hacer el argumento más consistente.

Llevo mucho creyendo esto como si estuviera grabado en piedra. En parte, supongo, porque siempre me ha resultado poco menos que imposible construir una historia o, para ser más exactos, una trama.

Es algo que voy corrigiendo, sobre todo en los últimos años, aunque aún no me siento orgulloso de los resultados. Antes de tomarme la escritura en serio ya pensaba que la historia era fundamental. Tenía muchas ideas pero nada que contar con ellas y me sentía frustrado.

Esto me ocurría especialmente con lo fantástico: inventaba mundos con su cultura y su geografía pero sin nada que ocurriera en ellos, o al menos no a mis personajes.

Cuando iba al instituto escribí en unos meses más de cien páginas del mismo relato, y terminé dejándolo porque me di cuenta de que era una interminable introducción. En todo ese espacio apenas había presentado a los protagonistas y yo mismo no tenía ni idea de qué iba a ocurrir, de qué iba mi libro.

Comprendí que sin historia no hay nada, y aguien que me influyó mucho en eso – y en todo – fue Stephen King. El oficio de un escritor es contar un cuento, punto. En su ensayo Mientras escribo, King explica cómo le gusta introducir los temas solo cuando la historia ya está hecha.

Él no piensa “voy a escribir una historia sobre desigualdad social”, sino “voy a escribir sobre un monstruo devorador de hombres que vive en un pantano y, de paso hablaré sobre desigualdad social”. Y está claro que le funciona – y le salen unos libros cojonudos -.

Para mí, insisto, esto ha sido un mantra. En parte por la influencia de King y de otros autores con opiniones semejantes, en parte porque yo he achacado a mi dificultad con la trama mis muchos fracasos como escritor.

Me tiré años escribiendo pequeños poemas en prosa, textos líricos que hablaban de emociones en forma sugerida, metáforas y cosas así. Era bonito, pero crear una historia se me atascaba.

Sobre este asunto lo tiene claro Arturo Pérez-Reverte, quien dijo en una entrevista: “cuando empecé, no estaba de moda contar historias. Entonces el modelo era Faulkner, la literatura que no cuenta cosas”. Las consecuencias las señala Don Arturo con esa sutileza suya:

Mire, un escritor que escribe 500 páginas sobre lo amarga que es su vida en el café, sobre el polvo que echó o no echó, no puede pretender que eso lo quieran leer 400.000 personas.

A estas palabras me he remontado un millón de veces, así como a la opinión de King y otros grandes sobre la importancia del argumento. ¿Qué ocurre, qué me estás contando? Eso es lo importante. Lo demás va luego. Y como dice el académico, ¿quién quiere leer un libro en el que no pasa nada?

Pues yo, por ejemplo. Yo he leído varios libros en los que pasa entre poco y nada, y me han gustado. El primero que me viene a la mente cada vez que pienso en esto es Política de hechos consumados, de Nacho Vegas.

Este librito, que es uno de los que más me han influido en mi vida – como escritor y como ser humano – está lleno de textos que no cuentan historia alguna. Hay relatos breves, sí, hay poemas – en prosa y verso – hay pasajes alegóricos. También hay puras pajas mentales que no tienen más intención que soltar pensamientos, crearte una sensación o transmitir belleza.

En su obra Nacho Vegas hace muchas cosas, pero historias cuenta pocas y las que narra son vagas. Y aun así habré leído el libro unas ochocientas veces.

Y lo peor de todo es que a mí me dice mucho.

En una charla entre los escritores Matt Cardin y Thomas Ligotti, el primero saca a colación la relevancia de la historia en la narrativa:

Muchos autores actuales de ficción pop enfatizan el viejo dicho de “la historia viene primero”. Pienso en Stephen King, por ejemplo, quien ha dicho esto muchas veces. Incluso muchos autores literarios están de acuerdo con él. “Conmigo”, Bernard Malamud dijo una vez, “es historia, historia, historia”.

Más adelante, Cardin muestra su desacuerdo con esta visión:

Ciertamente no considero esta sumersión de la trama como un menoscabo. Pienso que todos esos autores que ofrecen una recomendación universal basada en la postura de “la historia primero” están simplemente haciendo un mantra a partir de sus preferencias privadas. Creo que son probablemente el tipo de lector que se deleita en la historia y por eso, cuando van a escribir su propia ficción, es así como lo enfocan.

Encontraba pues a alguien que apuntaba en mi dirección, al menos en parte. Yo no hago esa distinción entre “ficción pop” y “autores literarios”; en ese sentido estoy con Pérez-Reverte: todo es literatura.

Pero sí puedo leer y disfrutar un libro que no cuenta una historia, aunque suene surrealista, o un libro donde la trama sea algo muy vago. A veces, una excusa para contar otras cosas. En palabras de Thomas Ligotti:

Creo que mis propias historias tienen abundante historia dentro de ellas. Pero son solo pretextos, percheros en los que colgar lo que es importante para mí, que es mi propia sensibilidad.

Tomando las palabras de Cardin, no obstante, atisbamos un poco la raíz del conflicto: parece que cuanto más trama, más comercial, más “mundano”. La gente quiere leer aventuras, evadirse, entretenerse. La introspección, la reflexión y la metafísica son para la ficción elevada, la profunda, la “literaria”. Son dos formas contrapuestas de entender los libros.

El punto de un texto literario es, quizá, contar algo. No necesariamente una historia. “A tal personaje le pasó tal cosa”. Hay mucho más que relatar. Un autor puede contarme que está triste, que teme a la muerte, que se ha enamorado.

El libro que me viene a la mente es Las uvas de la ira, de John Steinbeck. Cuando uno relee y analiza esta obra inmortal se da cuenta de que el argumento es muy básico, casi lo de menos. Steinbeck no cuenta tanto acerca de los personajes y ocupa páginas y más páginas hablando de la Gran Depresión y de lo jodidas que estaban las clases populares de los Estados Unidos.

Al final comprendes que la historia particular de los Joad no es más que una excusa para hablar de todo lo demás. Justo al revés de como King lo hace.

Pero esto no significa que Steinbeck no esté contando nada. Te está relatando una situación, una atmósfera. Las uvas de la ira habla sobre la miseria y la pobreza, la desigualdad social, la injusticia y los abusos de poder. Steinbeck te cuenta todo eso en primer lugar y la historia de Tom Joad es secundaria.

En lo que sí tengo que darle la razón a Pérez-Reverte, sin ambages, es en que resulta cuando menos difícil que esto interese a miles de personas. Normalmente este tipo de libros y autores tienen gran éxito entre la crítica y no tanto entre el público. Pero hay excepciones, como La soledad de los números primos de Paolo Giordano.

Una novela en que la trama, una vez más, es casi transparente. El autor dedica la mayor parte de las páginas a hablar del mundo interior en el que están atrapados los personajes. Pasar, no pasa prácticamente nada. Pero transmite todo tipo de emociones y además es bonita. Y vendió ocho millones de ejemplares en su primer año. ¿Cómo fue posible? ¿Por qué un libro que es casi una reflexión interna del autor logró romper las listas de éxitos editoriales?

En los últimos tiempos asistimos a una pequeña corriente de linchamiento de este tipo de autores y obras. Es difícil saber por dónde le va a dar la gente. Porque en el fondo se ha dado un vuelco como el que describía Pérez-Reverte.

Pasamos de una etapa en la que parecía que cuanto menos contaras, mejor, a un momento en el que si no tienes una trama trepidante no eres nadie. Y ahora parece que si escribes sobre algo un poco más profundo y reflexivo o te centras en el tema más que en el argumento eres un pedante y un snob. Eso tampoco me parece justo.

Creo que cada uno debería poder escribir y leer lo que quiera. En mi caso, a veces me he sentido constreñido a la hora de escribir. No me sale la trama, pero tengo muchas cosas que contar. Hay material dentro de mí que quiero poner en la pantalla. Y siempre hay alguien en alguna parte diciendo que eso no le va a interesar a nadie. ¿Por qué no? ¿Cómo podemos estar seguros?

Comprendo que, salvando casos como Steinbeck o Giordano, no es lo más normal que un libro reflexivo o lírico triunfe entre los lectores a nivel comercial. No sé las ediciones que habrá tenido el título de Nacho Vegas, y pienso en otros autores, como Ray Loriga, que tampoco es que la estén partiendo en cuestión de ventas. Pero están ahí, existen, y siempre habrá gente que disfrute leyéndolos, aunque sea poca.

No estoy haciendo una renuncia pública a la historia, ni quiero renegar de la trama. Al contrario, quiero crecer en esto de la escritura y aprender a construir argumentos cada vez más sólidos y mejores, más interesantes para el lector. Me encantaría poder trazar un relato que enganche y que resulte entretenido.

Pero al mismo tiempo, defiendo la libertad creativa del autor y la capacidad de elegir del lector.

Las preguntas, sin embargo, siguen ahí. Nunca nada es seguro, y con la literatura menos. ¿Es la historia lo único importante? ¿O es una excusa para hablar de otros temas? ¿Pueden ambas opciones ser acertadas?