Ya no me acuerdo de escribir

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No sé las entradas que llevo ya a medias. La que no necesita aún un buen trecho para estar terminada tengo que revisarla y corregirla o no estoy seguro del enfoque. Lo más difícil para mí es empezar, pero acabar no es cosa de poco; y es que no me gusta nada de lo que escribo.

Lo chungo es que solía gustarme. Recuerdo ser un chaval y tirarme horas por la tarde escribiendo historias larguísimas. Quizá no muy buenas – de hecho seguramente malas – pero que ahí estaban; si bien nunca concluí mi primera novela – ya se veía por dónde iban los tiros – sí produje una buena colección de relatos breves, mejores o peores, pero terminados.

Luego ocurrió algo sorprendente, y es que empecé a escribir bien. O al menos leo cosas mías de hace cinco años y me gustan bastante más que lo que hago ahora. Llevo tiempo dándole vueltas a esto y probablemente seguiré haciéndolo en el futuro – soy incapaz de responderme a nada, nunca – pero algo vislumbro sobre las razones de que sea así.

Cuando era un chaval llegaba a casa y escribía. Lo hacía sin parar. Toda la tarde o la noche, por las mañanas, cuando podía. Y cuando no escribía, leía. Una y otra vez. Empezaba muchas cosas que se quedaban ahí, tiradas en el Office 2000, pero muchos cuentos los terminaba. Un día, sin embargo, dejé de hacerlo.

Todavía me pregunto por qué.

Tas un largo parón en la escritura, hace diez años – diez, sí – abrí mi primer blog. La cosa cambió: de repente había gente que me leía. Me dejaban comentarios con su opinión, a veces buena y otras mala. Era algo real. Esto me animó a escribir más y mi producción se disparó.

Cuando reviso las viejas entradas de mis blogs muertos me doy cuenta de que juntan decenas de miles de palabras. Podría publicar un libro con ellas, si no fuera porque la mitad o más es basura. Pero no me importa. Es basura terminada. Eso es lo verdaderamente valioso.

Siempre me he preguntado qué pasó para apartarme de la escritura en mi adolescencia. Debió ser una amalgama de cosas, y sin duda la vida influyó – esa etapa en que salir y conocer gente te parece lo único importante – pero uno de los ingredientes debió ser el aburrimiento.

Recuerdo que las palabras salían a chorros, como si nada. Como algo facilísimo. Probablemente lo era, y eso – unido a otros factores que disfrutaría un psiquiatra – me hizo parar. Cuando algo creativo te resulta fácil ya no es creativo en sí mismo, es mecánico y no puede emocionarte.

Es como pelar patatas, no tiene más. Y la creación, el arte, no es eso. Pero tampoco es chispa, ni magia, ni duende.

Ahora creo que la escritura funciona como los músculos, que solo crecen después de romperse. Y se rompen haciendo más ejercicios y cada vez más duros.

Leí hace poco un cómic de Matthew Inmam en el que habla de las cosas que le fascinan, como correr, leer y dibujar. Sobre su obra dice lo siguiente:

Trabajo. Trabajo doce horas al día. Trabajo hasta que no puedo pensar bien y olvido alimentarme y la luz de fuera se torna un resplandor cansado. (…) Cuando hago estas cosas no estoy sonriendo o irradiando alegría. No soy feliz.

En realidad, cuando hago estas cosas a menudo estoy sufriendo. Pero las hago porque encuentro significado en ellas.

Es una buena definición de lo que debería ser la creación artística, tal y como ahora lo veo. Es así como recuerdo mi segunda gran etapa de escritura, la de mis primeros blogs. No recuerdo que fuera especialmente fácil, ni fluido.

Recuerdo partirme la cabeza porque no sabía cómo enfocar un tema. Pasar horas buscando documentación e intentando que la entrada quedase consistente. Revisando, corrigiendo, cambiando una y otra vez la estructura hasta expresar lo que quería. No como un artista excéntrico que persigue su inspiración, sino como un carpintero que contruye una mesa bien sólida.

Esta tónica de esfuerzo la apliqué no solo al blog sino también a mis relatos.

Dediqué tantas horas a aquellos textos que descuidé cosas importantes, incluidos mis estudios. Pero aquello para mí tenía un significado. El verdadero error fue abandonar. ¿Dónde estaría de haber seguido con la misma constancia de los primeros tiempos?

Cuando reviso lo que he escrito a lo largo de los años noto cómo la calidad sube y baja, respondiendo a mis parones. A menudo todo es basura y, según avanzan las fechas, va ganando calidad. De pronto se detiene y hay una laguna hasta que el siguiente texto, meses o años después, es otra vez un asco.

Ése es el punto en el que me hallo ahora. Estoy oxidado, lo noto. Cada frase que pongo en este blog me cuesta una barbaridad, como si me peleara con una planta llena de espinas. Así se siente mi cerebro.

Pero he decidido que es lo que quiero hacer porque, como dice Inman, para mí tiene un significado. Para mí es importante. No significa que sea fácil, ni siquiera me hace feliz. Eso es lo de menos. En efecto, a menudo escribir me deja más aturdido que otra cosa. Pero me fascina, me emociona.