Quedarse con lo negativo

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Hay que quedarse con lo positivo. Me lo han dicho un millón de veces. Es verdad que no soy demasiado optimista y a menudo me centro en la peor parte de las situaciones. No es raro entonces que alguien, con la mejor intención, quiera hacerme ver las cosas de forma diferente. Es ahí donde aparece la fórmula mágica: “hay que quedarse con lo positivo”. Una máxima con la que estoy cada vez menos de acuerdo.

No es una simple frase hecha, define una filosofía. No niega que la situación sea difícil o dolorosa – esto me saca de quicio, pretender que el lado negativo sencillamente no existe – sino que hay que descartar aquellas partes que lo son y quedarse con lo positivo. Una máxima a la que doy vueltas últimamente y con la que estoy cada vez menos de acuerdo.

No me gusta mi situación. Desearía cambiar y a menudo añoro el pasado. Pero lo gracioso es que casi nunca me gusta. Es posible que dentro de un año tampoco esté satisfecho y sienta nostalgia por el día de hoy. ¿Cómo es posible? Si todo es siempre un asco, ¿por qué lo echo de menos? ¿Por qué parece que las cosas no iban tan mal después de todo?

Porque me quedo con lo positivo.

No es que sea una persona supervital y positiva, todo lo contrario. Es algo inconsciente. De algún modo, como mecanismo de defensa, el cerebro tiende a suprimir o al menos controlar los recuerdos más difíciles porque de otra forma no podríamos vivir. Entre otras cosas, el miedo no nos dejaría continuar. Cuando este dispositivo no funciona bien, de hecho, pueden aparecer la ansiedad y otros trastornos.

Quizá yo tiendo a la ensoñación. Soy dado a evadirme, y una forma de hacerlo es idealizar el futuro y el pasado. Es ahí donde elijo lo positivo, recordando intensamente las cosas que me gustaban. Momentos concretos. En mi memoria, obvio lo doloroso y lo desagradable. Así, cualquier tiempo pasado fue mejor, mientras que el presente es, por lo general, un asco.

Probablemente todos lo hacemos en mayor o menor medida; yo lo llevo un poco al extremo, hasta el punto de crear una memoria mejorada del pasado. Si bien no lo idealizo totalmente – no soy idiota, recuerdo si las cosas iban mal – al menos sí que reduzco los aspectos negativos hasta que, comparados con el presente, parezcan no tener tanta importancia. Y no es verdad.

Mi vida quizá no sea la mejor posible, pero he estado peor. Recordar lo negativo podría ser una buena idea. No es necesario olvidar todo lo bueno y regodearse en las partes más negras de nuestra existencia, rememorando constantemente un pasado traumático. Se trata de conseguir un balance. Quedándonos con lo negativo podemos, de algún modo, calibrar lo bien o mal que nos va en este momento. Los malos tragos del pasado pueden servir como regla comparativa.

Puede ayudar también a quedarse con lo positivo, es decir, con el aprendizaje. Porque, a mi juicio, lo único bueno que hay en una mala experiencia es que vale de mal ejemplo. Los errores deberían ayudarnos a saber lo que no tenemos que hacer. También podemos aprender a reconocer el peligro y a ser más prudentes o más tácticos. Si te quedas solo con las cosas buenas, idealizas el pasado y corres mayor riesgo de repetirlo – lo cual me sucede a menudo -.

Centrarse en lo negativo puede aportarnos una visión más templada de la realidad y recordar algo muy importante: que siempre puede ir peor. Da igual lo negras que veas las cosas. Por imposible que parezca, siempre puedes hundirte un poco más en la desgracia. Conviene tenerlo presente.

No se trata de vivir como un paranoico, con miedo a salir a la calle por culpa de las malas experiencias; pero sí de ser consciente de las cosas negativas que te han ocurrido para intentar que no se vuelvan a repetir en el futuro, tanto si fuiste tú el responsable o no.

¿Es una buena idea? No lo he comprobado todavía. Ni siquiera tengo muy claro cómo puedo enfocarme en las malas experiencias para aprender de ellas. Pero tal vez merezca la pena intentarlo. ¿Quizá descubra que sí, que hay que quedarse con lo negativo?