¿Y si renuncias a tus sueños?

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Desde que me tomo medio en serio esto de escribir suelo encontrarme con gente que está haciendo lo mismo, y comparte en la red sus pensamientos e ilusiones.

Algo que he visto es que las personas invierten en su escrutura: se inscriben en cursos y seminarios o encargan informes de lectura de sus manuscritos. Gastan su dinero en conseguir la ayuda de un profesional.

Esto imagino que ha existido siempre – sobre todo los talleres – pero internet o lo ha potenciado o lo ha hecho más visible. Y claro, genera muchas críticas.

No voy a entrar a debatir los informes de lectura y si son o no necesarios, eso bien puede darnos para otra entrada. Lo que veo problemático es que esto ayuda a la gente a creer que va a alcanzar sus sueños. Y no sé si eso es bueno.

Tengo la impresión de que, cuando alguien encarga un informe de lectura y recompone su libro, se debe quedar con la sensación de que está muy cerca de ser publicado – y leído -. A mí me pasaría. Y no cabe duda de que has avanzado un paso, pero eso es una cosa y otra es lograrlo.

Por cada persona a la que un profesional puede sacar adelante hay cien que se quedan ahí, por mucho que se esfuercen y mucha formación en la que inviertan.

No paro de encontrar páginas sobre cómo ser escritor, ilustrador, youtuber o lo que sea. Y no es solo que haya plazas limitadas en el tren del éxito, es que muchísima gente no puede lograrlo porque no tiene las capacidades. Veo a alguien compartiendo sus ilusiones en la red y recibiendo comentarios de ánimo, quizá alguno mío, y me da una pena terrible.

En muchos casos tengo la certeza de que esa persona se va a quedar ahí. De que algún día se acordará de su blog y se sentirá mal porque lo abandonó, porque fracasó y jamás cumplió sus sueños.

Diréis que vaya un idiota que dice eso en su propio blog, como si yo fuera diferente. Como si yo fuera alguien. Y no, no lo soy. De hecho un día me dije que viviría mis sueños de una forma o de otra.

Pero ahora, tiempo después – y ese espíritu intento que alumbre este blog – trato de luchar cada día contra esa idea. Como todos, he imaginado muchas veces las portadas de mis libros o cómo sería firmarlos. Como cualquier escritor aficionado. O cualquiera que tenga un gran sueño. Cualquier chaval que empiece en el fútbol semiprofesional piensa que algún día jugará en el Madrid.

Pero puedes poner una barrera a esos pensamientos. Tu corazón albergará los sueños, mientras que el cerebro debe aplastarlos. El alma es el fuego y la mente el agua que lo apaga.

Opino así porque los sueños que no se cumplen generan frustración innecesaria y por tanto, dolor. Los sueños, las ilusiones, son según Schopenhauer la fuente de todo sufrimiento humano: “vivir es querer y, como querer es sufrir, toda vida es por esencia dolor”. Una tesis que comparten los budistas, quienes aspiran a renunciar a los deseos para conseguir la paz.

Un equipo de tercera regional está lleno de viejas promesas que un día se imaginaron jugando en el Barça, y de aquello les queda solo un puñado de ilusiones rotas.

¿Y si renunciar a los sueños fuera algo bueno, en contra de lo que enseñan las películas? Renunciar a tiempo, cuando puedes controlar la frustración. Porque desistir, la mayoría de la gente desiste, solo que porque no tiene más remedio. Al pasar los años hay que asumir el fracaso. Pero si te retiras antes, el batacazo será menor.

Además, puedes centrarte en objetivos más pragmáticos. Algunos afirman que vivir sin metas te ayuda a enfocarte más en lo que estás viviendo.

Sé que parece contradictorio lo que digo, ya que yo tengo un blog – que de algún modo responde al sueño de escribir -. Pero mi blog es el objetivo ahora. De hecho el blog cobró más fuerza cuando aparté la idea de sacar un libro adelante.

Conseguir que este blog salga a flote y tenga una base razonable de seguidores es lo más parecido a un “sueño” que tengo, porque lo veo posible. Desde luego, mucho más que ser escritor famoso – o escritor, a secas -.

No significa que lo haya logrado, ¿estáis locos? Recordad que consejos vendo y para mí no tengo. A menudo me sorprendo imaginando cómo será cuando saque tal libro, cómo a la gente le gustará y me enviarán sus comentarios. Me veo a mí mismo firmándolo y conociendo a los lectores. Luego aparto esas ensoñaciones.

Esto no es un “deberías hacerlo”, es un “¿y si fuera buena idea?”. Quizá seríamos menos infelices si no tuviéramos que enfrentarnos a la desilusión de los sueños fracasados, mientras los cambiamos por otros realizables. Cosas como ser maestro o médico, cosas que factibles, por unos años al menos. En cualquier caso más accesibles que ser bestseller, estrella de rock, futbolista de élite o ganador del Oscar.

Ya no me acuerdo de escribir

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No sé las entradas que llevo ya a medias. La que no necesita aún un buen trecho para estar terminada tengo que revisarla y corregirla o no estoy seguro del enfoque. Lo más difícil para mí es empezar, pero acabar no es cosa de poco; y es que no me gusta nada de lo que escribo.

Lo chungo es que solía gustarme. Recuerdo ser un chaval y tirarme horas por la tarde escribiendo historias larguísimas. Quizá no muy buenas – de hecho seguramente malas – pero que ahí estaban; si bien nunca concluí mi primera novela – ya se veía por dónde iban los tiros – sí produje una buena colección de relatos breves, mejores o peores, pero terminados.

Luego ocurrió algo sorprendente, y es que empecé a escribir bien. O al menos leo cosas mías de hace cinco años y me gustan bastante más que lo que hago ahora. Llevo tiempo dándole vueltas a esto y probablemente seguiré haciéndolo en el futuro – soy incapaz de responderme a nada, nunca – pero algo vislumbro sobre las razones de que sea así.

Cuando era un chaval llegaba a casa y escribía. Lo hacía sin parar. Toda la tarde o la noche, por las mañanas, cuando podía. Y cuando no escribía, leía. Una y otra vez. Empezaba muchas cosas que se quedaban ahí, tiradas en el Office 2000, pero muchos cuentos los terminaba. Un día, sin embargo, dejé de hacerlo.

Todavía me pregunto por qué.

Tas un largo parón en la escritura, hace diez años – diez, sí – abrí mi primer blog. La cosa cambió: de repente había gente que me leía. Me dejaban comentarios con su opinión, a veces buena y otras mala. Era algo real. Esto me animó a escribir más y mi producción se disparó.

Cuando reviso las viejas entradas de mis blogs muertos me doy cuenta de que juntan decenas de miles de palabras. Podría publicar un libro con ellas, si no fuera porque la mitad o más es basura. Pero no me importa. Es basura terminada. Eso es lo verdaderamente valioso.

Siempre me he preguntado qué pasó para apartarme de la escritura en mi adolescencia. Debió ser una amalgama de cosas, y sin duda la vida influyó – esa etapa en que salir y conocer gente te parece lo único importante – pero uno de los ingredientes debió ser el aburrimiento.

Recuerdo que las palabras salían a chorros, como si nada. Como algo facilísimo. Probablemente lo era, y eso – unido a otros factores que disfrutaría un psiquiatra – me hizo parar. Cuando algo creativo te resulta fácil ya no es creativo en sí mismo, es mecánico y no puede emocionarte.

Es como pelar patatas, no tiene más. Y la creación, el arte, no es eso. Pero tampoco es chispa, ni magia, ni duende.

Ahora creo que la escritura funciona como los músculos, que solo crecen después de romperse. Y se rompen haciendo más ejercicios y cada vez más duros.

Leí hace poco un cómic de Matthew Inmam en el que habla de las cosas que le fascinan, como correr, leer y dibujar. Sobre su obra dice lo siguiente:

Trabajo. Trabajo doce horas al día. Trabajo hasta que no puedo pensar bien y olvido alimentarme y la luz de fuera se torna un resplandor cansado. (…) Cuando hago estas cosas no estoy sonriendo o irradiando alegría. No soy feliz.

En realidad, cuando hago estas cosas a menudo estoy sufriendo. Pero las hago porque encuentro significado en ellas.

Es una buena definición de lo que debería ser la creación artística, tal y como ahora lo veo. Es así como recuerdo mi segunda gran etapa de escritura, la de mis primeros blogs. No recuerdo que fuera especialmente fácil, ni fluido.

Recuerdo partirme la cabeza porque no sabía cómo enfocar un tema. Pasar horas buscando documentación e intentando que la entrada quedase consistente. Revisando, corrigiendo, cambiando una y otra vez la estructura hasta expresar lo que quería. No como un artista excéntrico que persigue su inspiración, sino como un carpintero que contruye una mesa bien sólida.

Esta tónica de esfuerzo la apliqué no solo al blog sino también a mis relatos.

Dediqué tantas horas a aquellos textos que descuidé cosas importantes, incluidos mis estudios. Pero aquello para mí tenía un significado. El verdadero error fue abandonar. ¿Dónde estaría de haber seguido con la misma constancia de los primeros tiempos?

Cuando reviso lo que he escrito a lo largo de los años noto cómo la calidad sube y baja, respondiendo a mis parones. A menudo todo es basura y, según avanzan las fechas, va ganando calidad. De pronto se detiene y hay una laguna hasta que el siguiente texto, meses o años después, es otra vez un asco.

Ése es el punto en el que me hallo ahora. Estoy oxidado, lo noto. Cada frase que pongo en este blog me cuesta una barbaridad, como si me peleara con una planta llena de espinas. Así se siente mi cerebro.

Pero he decidido que es lo que quiero hacer porque, como dice Inman, para mí tiene un significado. Para mí es importante. No significa que sea fácil, ni siquiera me hace feliz. Eso es lo de menos. En efecto, a menudo escribir me deja más aturdido que otra cosa. Pero me fascina, me emociona.

Conseguir la paz mental

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Siempre me ha fascinado la escena de La Amenaza Fantasma en que los Jedi están luchando contra Darth Maul cuando unos campos de fuerza se activan y los separan, interrumpiendo el combate. Qui-Gon Jinn se sienta en el suelo, cierra los ojos y se pone a meditar como si tal cosa. La calma del maestro contrasta con la ansiedad de Obi Wan y la insana impaciencia de Darth Maul.

De niño, este momento me impacto mucho. En lo más tenso del combate la acción se para, y Qui-Gon Jinn se sienta en el suelo y se encierra en su mundo con toda tranquilidad. Aún hoy me parece un giro muy valiente; cortar en seco una pelea puede sacar al espectador. Yo por mi parte quedé atrapado por la imagen de Qui-Gon Jinn respirando con calma mientras el Sith camina nervioso de un lado a otro.

Cuando el campo de fuerza se abre, Darth Maul se lanza como un poseso, pero esto no pilla al maestro desprevenido. El Jedi está aguardando y reacciona al instante. Qui-Gon Jinn estaba meditando, no en Babia.

Llevo tiempo queriendo aplicar esto a mi vida. Me ocurre que para algunas cosas necesito tener todo más o menos controlado, que vaya bien o haya una estabilidad. Cuando por razones de trabajo o personales algo está torcido, me descentro en muchos aspectos. Escribir, sin ir más lejos.

Puedo pasar largas temporadas sin hacerlo no porque no tenga tiempo – que a veces no tengo – sino porque mi mente está en otra parte, descolocada. El año pasado tuve un trabajo de bastante estrés, y no es que saliera a las tantas sino que terminaba con la cabeza hecha mierda.

Solo era capaz de llevar a cabo actividades pasivas, como ver la tele, o que no reclamaran pensar demasiado. Podía pasear o hacer deporte pero leer o escribir se me hacía imposible. Mi mente estaba aturdida, como un barco medio reventado en mitad de una marejada.

No fue la primera ni la última temporada así que pasé. Ahora mismo, por ejemplo, escribir en este blog es a veces una tarea complicada. Las cosasa menudo no van bien, tienes tus preocupaciones y lo último que te apetece es un esfuerzo intelectual. Por eso me fascina esa paz mental de Quin-Gon Jinn y me pregunto si podemos alcanzarla en el mundo real.

El ruido que hay en nuestra cabeza, los problemas y tribulaciones, son una de las muchas cosas que pueden empujarnos a la procrastinación. Cuando no te va bien, pospones. Y mientras tanto te arrojas a lo fácil, a lo pasivo – ver la tele, deambular sin rumbo por internet, viciarte a algún juego que no te aporta nada -.

Incluso cuando has logrado arrancar, la tensión por lo que hay alrededor te pone la zancadilla una y otra vez. A menudo, cuando me pongo con un libro, mi mente vuela y pierdo el hilo de lo que estaba leyendo. O intento escribir en el blog y, cuando me doy cuenta, estoy buscando cualquier chorrada en Google. Cuando espero entre serie y serie en el gimnasio, doy vueltas en círculo nerviosamente; y se supone que el ejercicio debería descargarme tensiones, no agudizármelas.

Escribiendo estas líneas percibo esa inquietud. Pienso en los problemas de hoy y en lo que tengo que hacer mañana. Siento que no logro sacar un renglón a derechas.

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Es justo lo contrario de lo que ofrece la imagen de Qui-Gon Jinn meditando mientras espera a que se abra el campo de fuerza. Él es dueño de su mente con independencia de las circunstancias. Ante un enemigo poderoso como Darth Maul, no tiene problemas en controlar el hilo de sus pensamientos. Cuando la situación cambia otra vez, toma su espada y se pone a pelear.

No se trata de que a Qui-Gon Jinn le vayan bien las cosas. No está sentado en el salón de su casa. Pero ha logrado tal dominio de su mente se sobrepone a la adversidad. Por encima de toda circunstancia cuenta con un recurso precioso: la serenidad.

¿Cómo lograr esta paz mental? Si lo supiera me iría mejor en la vida. Desde luego no tengo la clave en absoluto, casi ni una pista. No rechazo la idea de que meditar puede ayudar, aunque debo informarme más sobre el tema.

El deporte probablemente es también positivo. Por ejemplo, me libera mucho la mente perderme en la naturaleza. Diría que simplificar la vida, eliminar lo superfluo, puede ir en esa dirección. Pero como puede verse, poco tengo aparte de un puñado de ideas inconexas, apenas intuiciones.

Por el momento, lo que estoy intentando con más fuerza es obligarme. Forzarme a todo, no importando las circunstancias. Uno de los problemas que derivan de estar sometido a tu entorno es no poder hacer nada. Esperas siempre a que pase la tormenta, y la tormenta a menudo no termina. Por eso no quiero permitirme flaquear, por muy mal que vaya todo, con las cosas que ahora mismo me parecen prioritarias.

Escribir esta entrada, por ejemplo, es muy difícil por todo lo que tengo en la cabeza. Pero lucho por colocar una palabra detrás de otra. Estoy seguro de que, en pleno combate contra Darth Maul, a Qui-Gon Jinn le apetece una mierda ponerse a meditar. Pero no se trata de lo que quiere o puede sino de lo que debe hacer. Y es en ese instante y no otro cuando tiene que hacerlo.

Las cosas a menudo parecen organizadas para sabotear nuestros planes y atropellar nuestros sueños. La vida descarrila en el momento menos pensado y todo hace aguas. Y así eternamente, tan frágiles somos. Es por eso que no queda más remedio que sacar el tiempo que tengas y hacer lo que puedas, sin más. No se trata de estar bien para hacerlo, sino de hacerlo aunque todo vaya mal. La motivación aquí poco vale; en otra ocasión hablaremos de la fuerza de voluntad y lo que opino de ella.

Evidentemente, la vida va a seguir atacándote con todo lo que haya a su alcance. No me gusta ir de sobrado y decir que “si no haces esto o lo otro es porque no quieres” o “si de verdad te interesara tal cosa encontrarías la manera”. Eso es una forma más de juzgar a los otros sin tener ni idea. Muchas veces si no se puede, no se puede. No todos somos Qui-Gon Jinn.

Por eso yo voy a lo mínimo. A veces escribo cuatro renglones en un día, o cinco palabras. Otros días no escribo nada – como ayer, por ejemplo – pero me acuesto pensando que a la jornada siguiente tengo que obligarme aunque sea mientras me lavo los dientes. Así, poco a poco, espero construir algo – en mi caso, basado en esto de escribir, que es lo que me gusta -.

Es lo único que se me ocurre, de momento, para no perder las escasas oportunidades de hacer lo que quiero hacer. Por el camino, con paciencia, espero averiguar cómo sobreponerme a las circunstancias, elevarme sobre la adversidad hasta conseguir la misma paz mental que Qui-Gon Jinn.