¿Podemos vivir sin Facebook?

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La respuesta rápida al título de esta entrada es que sí, se puede. No solo yo vivo sin tener ninguna cuenta en Facebook, sino que conozco a otras personas que también lo hacen. Es decir, no me siento tan bicho raro.

Se puede pasar de Facebook a distintos niveles: tener una cuenta que usas poco o solo para chorradas como picarte a algún juego o participar en promociones, o bien no tener una cuenta en absoluto.

Llevo un buen tiempo, sobre todo desde que me decidí a empezar este blog, fantaseando con la idea de hacerme Facebook otra vez.

La pregunta a que me lleva esto no es si podemos vivir sin Facebook – sí, se puede – más bien es si debemos.

¿Conviene ignorar la existencia de Facebook? Una de las cosas que he notado desde que me lo borré, hace ya más de un año, es que el hecho de no estar en la plataforma te limita bastante a la hora de mantener el contacto con mucha gente.

El otro día, pensando en ello, le comenté a un colega que estaba valorando abrir una cuenta otra vez. Él me dijo que ni lo pensara, de ninguna manera. ¿Para qué? Si no estás en Facebook y te sientes bien con ello, genial.

Es mejor no tener un perfil a hacértelo simplemente porque sientes que debes hacerlo.

La verdad es que hay razones para querer estar en Facebook, al menos en parte. No es solo que pueda querer mostrar lo feliz que soy y lo maravillosa que es mi vida – no lo es, pero es para lo que muchas personas utilizan Facebook -. ¿Y si genuinamente quiero mantener el contacto con unos y con otros?

Para eso hay más recursos: WhatsApp, correo electrónico, otras redes sociales y la llamada telefónica de toda la vida.

Pero la realidad es que ninguno de estos medios tiene la inmediatez de Facebook. Con la red social simplemente entras y tienes a todo el mundo allí, delante de tus ojos, sabes dónde está cada uno y qué está haciendo en cada momento y puedes contactar con un clic.

Es como una versión interactiva de las antiguas Páginas Amarillas. Y esto hace que Facebook sea útil y escalofriante a la vez.

El resto de herramientas no son tan accesibles y además son muy cambiantes. Cuando hablé con mi colega le pregunté qué pasaría si el año que viene me he mudado a la otra punta del mundo, ¿qué sabré de él?

Tenemos WhatsApp, me dijo. Pero podemos cambiar de número, por ejemplo – lo cual me ha pasado con varias personas -. Si me sale un trabajo en la Capadocia tendré que pillarme un móvil de allí, digo yo.

Encontrás una manera, y si finalmente no mantienes el contacto con esa persona es porque no merecía la pena. O bien no aportaba nada a tu vida, o no teníais una auténtica relación o amistad o ambas cosas.

No es que la gente en tu Facebook sea mala, pero a todos nos ha pasado que agregamos a aquel tipo tan majo del curso de gin-tonics de kebab y jamás volvemos a cruzar una palabra con él. En este caso, la plataforma no sería útil.

¿Para qué necesito una herramienta que me pone en contacto con gente con la que no necesito contactar? Es un sinsentido.

Pero ¿y si lo necesito, en el sentido literal del término? No porque sea un yonqui de la aprobación social, sino por los contactos. Esa horrible palabra tan de moda.

Es verdad que para prosperar en muchos ámbitos es positivo estar en Facebook. Conviene saber lo que gente cerca de ti está haciendo, para aprender de ellos y estar atento a posibles oportunidades.

Lo cierto es que cuando tenía mi perfil me enteraba de cosas de las que nunca habría sabido si no hubiera estado. Incluso algunos empleos, mejores o peores.

Tal vez me esté perdiendo cosas importantes por no tener Facebook.

Quizá el tipo que me contactaría para darme el trabajo de mis sueños y pagarme 3000 euros al mes no va a hacerlo nunca porque no tengo una cuenta allí y él no puede agregarme.

Quizá ese puesto esté disponible justo ahora, y yo no me entero porque no tengo un timeline para verlo.

Esta cosa de crear una red propia me resulta interesante. Recientemente han vuelto a descubrir que lo más decisivo a la hora de encontrar un trabajo no es tu preparación, sino conocer gente – a veces los estudiosos son unos linces -.

Pero a la vez que me gusta, no me gusta, porque todo esto me suena parcialmente a utilizar a las personas y nunca pretendería eso.

Supongo que quien utiliza Facebook para ayudar a sus propósitos profesionales no lo hace con la peor intención, pero no dejo de ver algo torcido en todo el asunto.

Soy de los ingenuos que creen que la mayoría de la gente es, si no buena, al menos no mala. Probablemente los que hacen buen networking saben enfocar el asunto de una forma que a mí se me escapa, de modo que sea útil para todos y no solo una manera de exprimirse mutuamente como limones.

Al mismo tiempo, la creación de una cuenta de Facebook con un enfoque profesional parece difícil de compaginar con la variante personal que es, a fin de cuentas, lo que hizo nacer a esta red y lo que supuestamente le dio su sentido.

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Cuando pienso en volver a Facebook veo posibilidades, pero a la vez me siento incómodo. Hay gente que estaba allí cuando me fui y que no sé si quiero que vuelvan a formar parte de mi vida.

Una red social es un lugar donde todo permanece para siempre, el pasado te persigue. Te enteras de la vida de gente que desearías no ver nunca, y al mismo tiempo ellos pueden meter el hocico en tus asuntos.

En la otra mano puede haber personas a las que apreciaste, que quizá incluso aún te caen bien, pero que no tienen un peso en tu vida – quizá no están en tu vida en absoluto – como para tenerlas en tu Facebook. ¿Qué hacer en este caso?

Existe una compleja etiqueta para las redes sociales, cada uno tiene su opinión, los hay que pasan de todo y otros que se ofenden a la primera de cambio y nunca es fácil acertar – si es que lo logras alguna vez -.

Toda esta subcultura de Facebook me da mucha pereza y me hace sentir incómodo.

Al mismo tiempo, añoraría mi libertad. A veces siento que un peso se fue de mis hombros con la desaparición de mi Facebook. Como he mencionado, ya no tengo que preocuparme por tener entre mis contactos a gente a la que no querría tener.

La última vez que alguien me pidió mi Facebook y yo no quería realmente agregarle, ni mantener contacto con él en absoluto, me sentí la persona más libre del mundo: “no estoy en Facebook”, fue mi respuesta. Y era la verdad. No tuve ni que pensarlo, fue fulminante.

En otro tiempo habría tenido que darle vueltas, habría dudado. ¿Qué hacer? La persona en cuestión me caía bien, lo suficiente como para hablar, pero no como para tenerla sujeta a mi información privada el resto de mi vida. ¿Le pongo una excusa? ¿Le miento?

Lo más probable es que hubiera terminado agregándola por cumplir y ya está. Pero ahora no, ahora muerto el perro se acabó la rabia.

Si no quiero agregar a alguien a Facebook no lo hago sencillamente porque no tengo.

En el mismo sentido, tiene su parte de verdad aquello de que si alguien quiere mantener el contacto contigo lo va a hacer tengas una red social o no.

Desde que abandoné la plataforma, ha sido curioso y a veces sorprendente comprobar quién se toma la molestia de preguntar qué es de tu vida y saber qué haces o si continúas existiendo.

Las personas que me han escrito e incluso me ha llamado por teléfono para interesarse por mí son las últimas que hubiera imaginado.

Y eso está bien, porque si hubiera tenido Facebook quizá nunca hubiera recibido esas llamadas y no sabría que a esa gente de verdad le importa mi existencia, aunque sea en una medida muy pequeña.

Esta, paradójicamente, es una de esas cosas que te empujan hacia la idea de recuperar Facebook. Si bien es un alivio ahorrarte el lidiar con contactos que nunca querrías aceptar, sí es cierto que desearías agregar a algunas personas y no puedes.

Sencillamente porque quieres ver lo que hacen, qué es de su vida, tener un contacto habitual. Que recuerden que existes y recordar tú que existen ellos unas cuantas veces a la semana.

En definitiva, mi mente es un hervidero de pensamientos en cuanto a Facebook. Me gusta enterarme de cosas, me gusta saber dónde hay oportunidades, me gusta ver lo que hace la gente que considero interesante.

No me gusta sentirme un ermitaño porque no sé nada de prácticamente nadie.

Pero me gusta ser libre, me gusta no tener que verle el careto a alguien que no me interesa solo porque en algún momento tuve que agregarle, me gusta no saber nada de personas que no quiero en mi vida, me gusta descubrir a quién le importo lo suficiente como para pegarme un toque al móvil.

De momento tengo otras redes más underground para ir probando, por ejemplo estoy en Twitter. Un sitio algo marginal, pero interesante.

La parte positiva es, por un lado, que no me va la vida en ello. Con dos mil millones de usuarios es improbable que al mundo le importe una mierda que yo tenga Facebook o no. Por otra parte tengo todo el tiempo que quiera para decidir – o al menos hasta que la plataforma se hunda y aparezca algo nuevo -.

Mientras tanto, ¿qué hay de vosotros? ¿Estáis en Facebook? ¿Lo amáis, lo odiáis, le venderíais vuestra alma? Dadle a compartir vuestros pensamientos.

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4 comentarios sobre “¿Podemos vivir sin Facebook?

  1. Santo Cielo, ¡qué dilema! Mi consejo es: hazte una cuenta de facebook. No porque yo lo diga, sino porque en tu escrito se trasluce que en el fondo es lo que quieres.

    Se puede ser un ermitaño en la montaña, pero no en el bullicio de una gran ciudad. E Internet es una gran ciudad. Facebook no es más que una herramienta social, útil en la medida en que se use para algo, con sus ventajas e inconvenientes. Yo tardé cuatro años o así en hacerme una cuenta usando todo tipo de argumentos, similares a los tuyos. Me hice una por accidente (tratando de instalar Spotify), y desde entonces, hace otros cuatro años, la uso. No publico nada, apenas una o dos fotos al año, aunque soy etiquetado en algunas más. Esto resulta cómodo: no me siento obligado a publicar fotos de un viaje si lo hago, ni a decir cómo vivo ni qué hago, y como ese es el uso que siempre he dado a la cuenta, mis “amigos” no esperan de mí nada más.

    Pero me sirve para ver lo que hace la gente. Es como una antigua agenda de teléfonos pero con fotografías. Me sirve para felicitar cumpleaños, y mantener vínculos con personas fugaces de mi vida de las que nada sabría. Si te molesta el asunto de “tener que ver” la cara de alguien, es tan fácil como no seguirle, y si te molesta que puedan rebuscar en tu pasado, puedes editar tu biografía y borrar cosas en cualquier momento, o bien puedes hacer una lista (o varias) de amigos más cercanos con los que compartir todo, y otra general en la que compartir generalidades. En cambio, no creo que sea muy útil para encontrar trabajo. Sí lo es para seguir la actividad de determinadas empresas o gente que te interese, aunque no les conozcas.

    En definitiva, el tren de los tiempos pasa, y puedes decidir si subes o no. En este momento facebook es relevante, tal vez no lo sea dentro de diez años, como en otro momento lo fue messenger, o los sms. No creo necesario disertar tanto por una cuestión eminentemente práctica. Facebook no es bueno ni malo en absoluto. Lo que sí es malo (y mucho) es el uso que muchas personas hacen de él. Si se usa con inteligencia y desapego es una herramienta excelente para este momento. Igualmente, se puede ignorar y vivir al marge, pero leyendo esta entrada estoy seguro de que tú no lo haces.

    Interesante blog. Un saludo

    1. ¡Qué directo! Eso es bueno.

      “Es como una antigua agenda de teléfonos pero con fotografías”. Has definido exactamente cómo lo veo.

      Pero lo de tener que ver gente que no quieres también entra por esa diabólica función de Facebook ” Personas que quizá conozcas”. Y siempre te sugiere a quien menos quieres ver (sugestión, supongo).

      Lo de usarlo profesionalmente es porque Facebook vale para conocer gente y conociendo gente es como acabas encontrando trabajo, cada vez lo tengo más claro.

      Muy buena tu reflexión. De momento estoy manejándome con el blog, voy por pasos pequeños, pero me doy como tres o cuatro meses para el siguiente escalón.

      Veamos qué me pide el cuerpo con Facebook el año que viene (quizá vuelva a escribir sobre ello).

      ¡Gracias por tu respuesta!

  2. Me estoy partiendo, te lo juro. Pero muchísimo. Jajajaja.

    Me siento TAN IDENTIFICADA. Pero TANTO. Me da para mucho esta entrada.

    A ver, hubo un tiempo lejano, hace años, en los que tenía facebook personal. Guay, hasta aquí. Un día lo dejé con mi pareja de entonces y de repente no tenía nada que decir. Me extrañó, vaya. Antes publicaba algo ”con regularidad” y de repente estuve semanas sin tener nada que decir, sin siquiera entrar. Me daba lo mismo.

    Lo que pasaba es que para compartir artículos, vídeos de risa, una visita al museo está muy bien tener facebook. ¿Pero para compartir tus miserias? ¿Para decirle a unas 500 personas de las cuales te hablas con 100 que estás mal? ¿Que lo has dejado con tu pareja o se te ha muerto el perro? Para eso era una mierda.
    Caí en la cuenta de que estaba escribiendo un periódico de lo divertido de mi vida. No a propósito, no con intención de hacerle creer a la gente que mi vida era genial. Simplemente mis momentos malos no se los cuento a más que a 3 privilegiados en el mundo. Y no lo iba a publicar en facebook.

    Así que me dije ‘para tener ésta red social de postureo lleno de gente que me importa una mierda me la borro que no me aporta nada’. Y lo borré y hasta hoy. No lo eché en falta en absoluto.

    Luego sí, perdí trato con muchísima gente. Pero eso es otra historia.

    Entonces llega la parte en la que abro el blog, y pasa un año más y sigo sin tener facebook, twitter, instagram, pinterest… Y bueno, si se te ocurre otra red social pues tampoco la tenía.

    Y por ‘acoso y derribo’ de mis compañeras bloggers me acabé haciendo todo eso. No obligada, pero en parte tenían razón con sus argumentos y yo lo sabía: no podía promocionar colaboraciones porque no tenía redes, no podía promocionarme yo, me quitaba mucho alcance y la gente no podía contactar conmigo. Cedí, y me esfuerzo (porque me cuesta) por publicar una vez a la semana algo que tenga que ver con el blog o con debatir/rajar de algo. (Porque para rajar siempre tengo espacio jajajaj).

    Entiendo muy bien eso de que te pida alguien el facebook y te quedes como ¿Y ahora qué digo? Yo soy muy así también. De hecho hoy me han dicho que un chico de mi centro quiere mi número de teléfono (éramos amigos en primaria y hace años que no nos vemos) y me quedo como… No sé para qué lo quiere. Es decir, no sé qué intenciones tiene. Y a mí no me gusta que me rompan la cabeza, así que si conozco poco a la persona no quiero darle nada. Ni facebook, ni tlfn ni nada.
    Cuando quieres decir que ‘no’ sin decir ‘quita bicho’ es complicado. Pero es mejor decir que no si no quieres. Porque yo también cedí y di mi face por cumplir. Y luego me agobiaba tener a esa persona ahí y quería borrarla, lo que era más incómodo que decirle de buenas a primeras: ‘Lo siento, pero en mis redes sociales solo tengo a gente cercana a mí’.

    1. ¡Me alegro que te identifiques!

      Lo mío fue parecido. Sí que hay gente que usa Face para contar su penas o mandar “recaditos” eso me enerva. Nunca había pensado en que alguien muestre solo lo positivo sin querer, eso da para pensar…

      En mi caso no sabía qué poner, y sobre todo veía a alguna persona que no quería ver. Además Facebook fue a sugerirme a alguien en plan, si tuvieras que elegir de toda la humanidad que no quieres ver nunca, así. Un culebrón, pero Facebook parece que lo hace aposta.

      Y encima gente me encontraba sin poder saber cómo, así que me rayé con la privacidad…

      Y efectivamente, pensé para estar rayado y pasarlo mal viendo gente que no quiero ver pues me lo borro. Total no me hablaba nadie (¿tú tenías 500 contactos? ¿Cómo eras tan popu?).

      Pero en efecto volví a pensar en el blog y sé que para promocionarlo, Face es buena cosa. Además conozco gente que lo usa como un LinkedIn, es decir, solo agregan contactos profesionales (incluso gente que no conocen) se meten en grupos de su sector y publican enlaces rollo profesional. Sé de gente que así ha encontrado curro, por Facebook.

      Pero incluso aunque lo uses así vas a seguir teniendo todo lo malo, ver gente que no quieres ver, por ejemplo.

      De momento no lo tengo claro.

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